(Espero que te gusten, como siempre, mis palabras)
- Incalculable tiempo llevo caminando paso a paso por este camino que parece interminable. Dias y noches enteras han pasado pero yo sigo aquí, con un pie enfrente del otro. Mis zapatos empiezan a estar desgastados. Las suelas se tornaron marrones como si acabara de cruzar un lodazal.
Pero esto no me perturba en absoluto. Caminando en el calor de los días y en el frío de las noches, no ceso en mi empeño de algún día terminar mi travesía. Loco me decían por seguir este camino con tal ímpetu y decisión, mas es así como me siento. Totalmente convencido de que puedo conseguirlo. Cumplir mi nuevo sueño.
- Claro, idiota.
- En ocasiones oigo su voz. Es como si me susurrara. Rebota en mi mente como el eco en una cueva. Sin embargo, yo tengo que seguir caminando mientras siga teniendo aliento. La noche estrellada hoy es preciosa. No estaba acostumbrado a ver tantos astros en el cielo, así que me encuentro sorprendido. Aunque ya los había contemplado una vez.
- ¿Ya encontraste el triángulo de verano? Es que no me puedo creer que no lo veas.
- Una vez lo vi. Altair, Deneb y Vega. Pero eso fue durante mi camino, cuando ya te habías ido. Quiero encontrarte cuanto antes, para asi poder decirte lo que siempre te he dicho. Te amo con locura. Si no, no estaría haciendo esto. Alcanzarte es como alcanzar las estrellas. Parecen que están muy lejos, pero las puedes ver. A ti aún no te puedo contemplar. ¿Acaso eres inalcanzable? Mentira es.
Anhelo estar a tu lado y poder tocarte como lo hice el día que nació la reina de las estrellas, porque nace una nueva estrella por cada primer beso de amor.
Ya pude ser torpe o audaz, engreído u honesto, que fue el mejor momento de mi vida. No lo cambiaría por nada. Bueno, lo daría por ti.
- Nunca olvidaré este momento...
- Aunque tenga que parar a descansar porque mis piernas fallen por la extenuación. Aunque tropiece con un bache del camino y me cueste levantarme, yo seguiré mirando hacia delante y nunca hacia atrás. Así, algún día, te encontraré enfrente de mis ojos y seré feliz de nuevo.
- Siempre has sido un idiota, pero eres MI idiota.
- Quisiera tenerte a mi lado por siempre. Pero por siempre no me basta y quiero más. Voy a atravesar este camino mirando siempre al frente y sé que algún día estaremos unidos.
- Ese día puede ser ya, idiota.
...
"Rompí mis propias palabras y me giré. Miré atrás. Allí estaba ella, esperándome con una sonrisa que me rompía el alma, pero me hacía feliz. Pude abrazarla, besarla de nuevo, sentir su cercanía...
Entonces volvió a irse. Retomé el camino que recorría para que nuestros encuentros no fuesen como estrellas fugaces. Para que fuesen tan largos como años tiene el Sol.
Y aunque estés lejos y la distancia sea olvido, yo seguiré caminando. Espero que tú también me estés buscando.
Para siempre."
- Te quiero, idiota. - Se despidió entre lágrimas ella.
Historietas de fantasía que escribo en mi tiempo libre. Los personajes: Edward Yolag, Lucas Tefd, Bart Chill, Gerald Paul, Edgar Eagler, Paulina Gao, Liza Carr, Gabriella, Mimi, Zac y Zerofrost son de mi invención y de mis compañeros. El resto de personajes descritos pertenecen o están basados en diferentes compañías.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
domingo, 27 de septiembre de 2015
Desafío de vida #10: La Academia Ninja (Tributo a heliceo)
(heliceo es el mapmaker que hizo Ragecraft 2, un mapa Complete the Monument del videojuego Minecraft. Basándome en la decoración de dicho mapa, he elaborado esta historia. El crédito debe ser mencionado, por supuesto.)
Ricardo había descansado un par de días. Se encontraba mucho mejor. Tras la tensión en el laboratorio, tocaba un nuevo reto.
El elegido ya había comenzado a "hacer sus deberes". Gracias a Luisa y Victor aprendió sobre las magias más peligrosas que podían existir, alguna que otra técnica de defensa personal que le enseñó Francisco...
Sin embargo, la que siempre estaba allí era Gabriela. Atenta a que Ricardo entrase con su Hachecutadora y su Libro Rojo en la siguiente prueba. Le deseaba suerte en todas las ocasiones.
Así pues, cerrando los ojos, apareció en el lugar que le correspondía. Un lugar de apariencia asiática en cuanto a sus decorados tan característicos. Allí se encontraba el fantasma de una chica joven de cabellos castaños recogidos en dos largas coletas. Tenía los ojos marrones oscuros y su boca y nariz estaban tapadas por una máscara que formaba parte de su indumentaria.
- Hola.
- Hola. Soy Mimi. Una kunoichi.
- Perdona. ¿Una qué?
- Kunoichi. Una chica ninja.
- Ah, ahora entiendo. Ricardo, encantado.
- Voy a guiarte en este lugar. Tengo que advertirte de que a partir de aquí, las cosas serán mucho más difíciles. Sin embargo, a más riesgo más recompensa. Recuerda eso.
- Muy bien. ¿Dónde estamos?
- Estás en la Academia Ninja. Aquí, si consigues superar las tres pruebas, puedes considerarte ninja. Sin embargo, si no superas alguna de ellas, no podrás asegurarte de salir con vida.
- Comprendo. Pero déjame preguntarte algo antes.
- ¿Sí?
- ¿Cómo, siendo una ninja, moriste aquí?
- Esas pruebas fueron más difíciles de lo que pensaba.
La misma mirada de los fantasmas. Una mirada de mentira. Una mirada que era tan reveladora como los libros abiertos. Ricardo seguía interesado en esa mirada y la razón de los fantasmas para mentir. Era todo un misterio.
Sin embargo, avanzó.
- En la primera prueba, tienes que descender por las plataformas de madera. Puede parecer sencillo, pero... ¿Puedes ver el fondo?
En efecto, el fondo de la prueba no se podía ver desde arriba. Era una prueba de destreza en el salto. Las plataformas no eran próximas entre sí. Algunas de ellas eran incluso inseguras y estuvieron a punto de romperse. Ricardo se tomaba su tiempo para saltar. No era un ninja ágil, por lo que tenía que atravesar este obstáculo lentamente.
Ya se podía divisar el final. Una zona de hierba. Ricardo continuó su descenso cauteloso y acabó con los pies en tierra sin problemas.
- Eso era sencillo.
- Ahora tienes que saber muy bien cuándo debes luchar y cuándo debes huir. Todos los ninjas estarán contra ti. Tu objetivo es llegar al final del poblado.
Ricardo contra todos los ninjas. Él aún no sabía de qué eran capaces, con lo que entró cautelosamente en el camino central del poblado. Ahí empezaron los problemas de verdad.
Ninjas por la izquierda, por la derecha, al frente, en los tejados... Todos aparecieron de golpe. El elegido dio media vuelta y, de un salto, evitó el primer ataque. Eran como ocho oponentes. No tuvo más remedio que correr.
Ricardo pensó en usar el hechizo de la furia, pero era muy pronto y opinó que no era el momento. Buscó la forma de salir de ese aprieto. Estaba acorralado.
Pero la solución era esa. Las plataformas de madera no son solo un elemento de bajada. También son de subida. Él saltó un par de plataformas y esperó la llegada de sus oponentes, los cuales se habían desorganizado.
Dos de ellos subieron primero y fueron cortados por el filo de la Hachecutadora.
Otro más alcanzó la plataforma y cayó producto de un empujón. Ese ninja cayó encima de otro, derribándolo junto a él. Los últimos cuatro enemigos aparecieron al mismo tiempo. Ricardo tenía que estar atento a cualquier movimiento peligroso de sus rivales.
Uno de ellos saltó ágilmente hacia el elegido. Ricardo no tuvo más remedio que agacharse. Dejando el Libro Rojo en la plataforma, agarró la pierna del ninja con su mano izquierda. Lo hizo tropezar y frustró los planes de ataque del resto del grupo enemigo.
Ricardo recogió el Libro Rojo. No le parecía de gran utilidad en ese momento, pero quería conservarlo. Él suspiró.
- Me parece mal que me obliguen a matar. Pero eso ya es igual, porque estoy muerto. ¡Morid!
Empuño fuertemente la Hachedutadora y, con un giro rápido, cortó a uno de los tres restantes. Los otros dos saltaron al contraataque, pero Ricardo dio un salto y casi literalmente partió por la mitad a uno de los dos. En la caída, hizo la zancadilla al último ninja que lo perseguía. El elegido se encontraba salpicado de sangre, pero eso le importaba poco en esos momentos.
- Mirad en lo que me he convertido. Ya no lo podéis parar. Arrepentíos.
Sacudió su hacha para que cayesen las últimas gotas de sangre y volvió a bajar hasta el poblado ninja. Estaban siendo más cautelosos esta vez. Sabían que no podrían vencer a Ricardo fácilmente.
En la plaza, comenzaron a aparecer los maestros ninja. Dos de ellos interrumpieron el avance del elegido. Lo que llamaba la atención de ellos eran sus katanas. Estaban rodeadas de una especie de humo morado oscuro. Un humo característico de algo que Ricardo había aprendido.
Katana condenada. Ese era su nombre. Un tajo provoca heridas graves y más dolorosas de lo normal. Luisa y Victor dijeron que, cuando encontraban uno de estos efectos, lo mejor era evitarlos. Ricardo se propuso no recibir ningún daño.
No iba a ser tan sencillo.
Los dos maestros ninja se separaron y, dejando un rastro de humo, desaparecieron de la vista del elegido. Un segundo después aparecieron a su espalda y atacaron. Ricardo esperaba este tipo de trucos y habilidades de estos individuos. Sin embargo, su reducido tiempo para reaccionar fue lo que hizo que no pudiese evitar un pequeño corte en su espalda pese a haberse echado hacia delante. Los fantasmas tenían razón, dolía muchísimo esa herida. El movimiento de Ricardo se volvió más dificultoso tras ese momento.
Pero él no se iba a rendir. Miró de nuevo a los dos maestros y observó cómo iban a repetir la misma estrategia. Desaparecer y reaparecer. ¿Cómo lo hacían? Lo descubrió.
Balanceó su cuerpo hacia delante y dio un giro completo con su Hachecutadora. Pareció haber cortado al aire, pero los dos maestros fueron heridos lo suficiente como para estar a merced de un ataque más del hacha y ser ejecutados por Ricardo.
Los ninjas aprendices no se iban a acercar más. Los maestros se mostraron reticentes a combatir y prefirieron no intervenir. Ricardo llegó al final del poblado y Mimi explicó en qué consistía la última parte de la prueba.
- ¿Ves eso? Son plataformas como las de antes, pero aquí se pone a prueba la agilidad del ninja para superar obstáculos del terreno. Si consigues superar esto, podrás optar por un desafío especial.
- Vale. ¿Puedo descansar un momento?
- Por supuesto - Asintió Mimi, extrañada pero comprensiva.
- Quería preguntarte algo más. ¿Por qué eres ninja?
Mimi se quedó callada un momento. Entonces, cerrando sus ojos y sonriendo, dijo:
- Porque siempre quise ser como él.
- ¿Quién?
- El Maestro Yao. El mejor ninja de mi aldea. Lo había visto desde que era pequeña. Con diez años, yo ya había aprendido a manejar una katana como es debido. A los quince, conseguí ser oficialmente ninja. Entrenaba muchísimo para algún día llegar a tener el honor de enfrentarme en un duelo con el maestro. No me importaría el resultado, pero habría cumplido mi sueño de niña. Desafortunadamente, morí antes de poder cumplirlo.
- Eres honrada, Mimi. Yo te pedí que me contases el porqué y tú me has relatado tu historia. Admirable para ser tan joven como pareces.
Mimi enmudeció. Ricardo se había levantado y comenzó a dar saltos que parecían propios de un saltamontes. Las plataformas eran muy pequeñas. Cualquier paso en falso podía ser mortal. En alguna de ellas apenas cabían los dos pies. Era una prueba difícil. Él pensaba todos y cada uno de sus movimientos con detenimiento y paciencia. Eso le funcionó muy bien y llegó hasta el final de la prueba. Lo recibió un maestro ninja.
- Enhorabuena. Has conseguido ser como un ninja en este lugar. Puedes coger la gema rosa de esa caja al fondo, pero antes debo preguntarte algo. ¿Estás dispuesto a superar una prueba más?
- ¿En qué consiste?
- Vencerme en un duelo a muerte.
- Acepto el desafío.
- Interesante. Ni siquiera te has interesado por la recompensa. Despiertas mi curiosidad.
- Lo hago por ella.
- ¿Quién es "ella"?
- Por Mimi. Ella se merecía tu puesto.
- Esa chica no tenía el talento suficiente.
- Y yo no soy un ninja. Aún así, te voy a vencer.
Mimi estaba atónita. Ricardo apenas la acababa de conocer y estaba luchando por ella.
- Empecemos el duelo. ¡Adelante, enfréntate al Gran Maestro Xin!
El maestro desapareció. Apareció rápidamente enfrente de Ricardo, pero este también desapareció y apareció unos pasos más atrás. Xin levantó una ceja.
- Parece que has aprendido bastante.
La katana del Gran Maestro era blanca como la nieve. No parecía metal alguno. Sus movimientos eran muy rápidos. A Ricardo le costaba mantener el ritmo de la batalla. No podía concentrarse en pensar una estrategia.
"¡Luia!"
El grito de guerra de Ricardo. El hechizo de la furia se había activado. Salió de sí e intentó asestar una serie de hachazos al Gran Maestro. Ninguno dio en el blanco. Ricardo volvió en sí y estaba bastante alejado de Xin, pero ambos estaban intactos.
- No ha estado mal, guerrero. Aún te queda por aprender.
Ricardo puso el Libro Rojo en el suelo y agarró la Hachecutadora con sus dos manos poniéndola enfrente suya mientras apuntaba al Gran Maestro. El elegido esperó a que su oponente tomara la ofensiva. Xin se acercó a una velocidad vertiginosa y Ricardo desapareció y apareció a un lado.
- Esto del movimiento rápido es muy útil. Gracias por enseñármelo - Se burló Ricardo.
- Puedes rendirte. Ya sabes que no puedes siquiera tocarme.
Ricardo puso su misma posición. El hacha a dos manos apuntando a Xin. Siempre que el Gran Maestro intentaba algún tipo de ataque, era esquivado por Ricardo y viceversa.
Hasta que los errores humanos pasan factura. Uno de esos ataques, el Gran Maestro Xin esperaba que Ricardo lo esquivase hacia algún lado, pero no lo hizo. Tampoco recibió el corte de su katana. Ricardo saltó y cayó sobre el Gran Maestro, tumbándolo en el suelo de una patada.
- He ganado, Xin.
El derrotado ninja estaba sin palabras. Se dio cuenta de la estrategia de su rival cuando había caído ya en ella. Tantas veces repitiendo el mismo patrón evitando su ataque provocó que Xin se confiase en que iba a suceder de nuevo. Lo pilló de sorpresa el cambio de ritmo.
- ¿Cuál es mi recompensa? - Preguntó Ricardo mientras apuntaba con la Hachecutadora al Gran Maestro.
- Mis pantalones de ninja. No son unos cualquiera. Tienen un poder especial. Serás mucho más ágil con ellos puestos. Puedes recoger la gema rosa. Volverás directamente al tenerla en tu poder.
Ricardo abrió la caja y cogió la gema rosa. Volvió al Nexo con tranquilidad y las felicitaciones de los fantasmas, sobre todo de Gabriela, fueron acaloradas. Poniendo la gema rosa en la sala de trofeos, el fantasma de Mimi ya pertenecía al Nexo.
- Mimi. Supongo que estarás contenta. He derrotado a quien no pudiste derrotar.- Añadió Ricardo.
- Sí. Estoy contenta porque has luchado por mí pese a que no me conocías.
Mimi estaba mintiendo. Ricardo se dio cuenta de su mirada. Entonces dedujo que no murió contra el Gran Maestro. Él no lo supo, pero el cadáver de Mimi se encontraba en un sótano del poblado ninja.
- Ninjas... Esos pantalones me quedan bien, pero son muy ajustados. Aún así, es cierto eso de la agilidad. En tres saltos, ya estaba en cama listo para descansar. Debo estar preparado. El Gran Maestro Xin era solamente el principio. Tendré que enfrentarme a muchos rivales poderosos en el futuro, de eso estoy seguro. Por el momento, voy a dormir, que me hace falta. Buenas noches.
Ricardo había descansado un par de días. Se encontraba mucho mejor. Tras la tensión en el laboratorio, tocaba un nuevo reto.
El elegido ya había comenzado a "hacer sus deberes". Gracias a Luisa y Victor aprendió sobre las magias más peligrosas que podían existir, alguna que otra técnica de defensa personal que le enseñó Francisco...
Sin embargo, la que siempre estaba allí era Gabriela. Atenta a que Ricardo entrase con su Hachecutadora y su Libro Rojo en la siguiente prueba. Le deseaba suerte en todas las ocasiones.
Así pues, cerrando los ojos, apareció en el lugar que le correspondía. Un lugar de apariencia asiática en cuanto a sus decorados tan característicos. Allí se encontraba el fantasma de una chica joven de cabellos castaños recogidos en dos largas coletas. Tenía los ojos marrones oscuros y su boca y nariz estaban tapadas por una máscara que formaba parte de su indumentaria.
- Hola.
- Hola. Soy Mimi. Una kunoichi.
- Perdona. ¿Una qué?
- Kunoichi. Una chica ninja.
- Ah, ahora entiendo. Ricardo, encantado.
- Voy a guiarte en este lugar. Tengo que advertirte de que a partir de aquí, las cosas serán mucho más difíciles. Sin embargo, a más riesgo más recompensa. Recuerda eso.
- Muy bien. ¿Dónde estamos?
- Estás en la Academia Ninja. Aquí, si consigues superar las tres pruebas, puedes considerarte ninja. Sin embargo, si no superas alguna de ellas, no podrás asegurarte de salir con vida.
- Comprendo. Pero déjame preguntarte algo antes.
- ¿Sí?
- ¿Cómo, siendo una ninja, moriste aquí?
- Esas pruebas fueron más difíciles de lo que pensaba.
La misma mirada de los fantasmas. Una mirada de mentira. Una mirada que era tan reveladora como los libros abiertos. Ricardo seguía interesado en esa mirada y la razón de los fantasmas para mentir. Era todo un misterio.
Sin embargo, avanzó.
- En la primera prueba, tienes que descender por las plataformas de madera. Puede parecer sencillo, pero... ¿Puedes ver el fondo?
En efecto, el fondo de la prueba no se podía ver desde arriba. Era una prueba de destreza en el salto. Las plataformas no eran próximas entre sí. Algunas de ellas eran incluso inseguras y estuvieron a punto de romperse. Ricardo se tomaba su tiempo para saltar. No era un ninja ágil, por lo que tenía que atravesar este obstáculo lentamente.
Ya se podía divisar el final. Una zona de hierba. Ricardo continuó su descenso cauteloso y acabó con los pies en tierra sin problemas.
- Eso era sencillo.
- Ahora tienes que saber muy bien cuándo debes luchar y cuándo debes huir. Todos los ninjas estarán contra ti. Tu objetivo es llegar al final del poblado.
Ricardo contra todos los ninjas. Él aún no sabía de qué eran capaces, con lo que entró cautelosamente en el camino central del poblado. Ahí empezaron los problemas de verdad.
Ninjas por la izquierda, por la derecha, al frente, en los tejados... Todos aparecieron de golpe. El elegido dio media vuelta y, de un salto, evitó el primer ataque. Eran como ocho oponentes. No tuvo más remedio que correr.
Ricardo pensó en usar el hechizo de la furia, pero era muy pronto y opinó que no era el momento. Buscó la forma de salir de ese aprieto. Estaba acorralado.
Pero la solución era esa. Las plataformas de madera no son solo un elemento de bajada. También son de subida. Él saltó un par de plataformas y esperó la llegada de sus oponentes, los cuales se habían desorganizado.
Dos de ellos subieron primero y fueron cortados por el filo de la Hachecutadora.
Otro más alcanzó la plataforma y cayó producto de un empujón. Ese ninja cayó encima de otro, derribándolo junto a él. Los últimos cuatro enemigos aparecieron al mismo tiempo. Ricardo tenía que estar atento a cualquier movimiento peligroso de sus rivales.
Uno de ellos saltó ágilmente hacia el elegido. Ricardo no tuvo más remedio que agacharse. Dejando el Libro Rojo en la plataforma, agarró la pierna del ninja con su mano izquierda. Lo hizo tropezar y frustró los planes de ataque del resto del grupo enemigo.
Ricardo recogió el Libro Rojo. No le parecía de gran utilidad en ese momento, pero quería conservarlo. Él suspiró.
- Me parece mal que me obliguen a matar. Pero eso ya es igual, porque estoy muerto. ¡Morid!
Empuño fuertemente la Hachedutadora y, con un giro rápido, cortó a uno de los tres restantes. Los otros dos saltaron al contraataque, pero Ricardo dio un salto y casi literalmente partió por la mitad a uno de los dos. En la caída, hizo la zancadilla al último ninja que lo perseguía. El elegido se encontraba salpicado de sangre, pero eso le importaba poco en esos momentos.
- Mirad en lo que me he convertido. Ya no lo podéis parar. Arrepentíos.
Sacudió su hacha para que cayesen las últimas gotas de sangre y volvió a bajar hasta el poblado ninja. Estaban siendo más cautelosos esta vez. Sabían que no podrían vencer a Ricardo fácilmente.
En la plaza, comenzaron a aparecer los maestros ninja. Dos de ellos interrumpieron el avance del elegido. Lo que llamaba la atención de ellos eran sus katanas. Estaban rodeadas de una especie de humo morado oscuro. Un humo característico de algo que Ricardo había aprendido.
Katana condenada. Ese era su nombre. Un tajo provoca heridas graves y más dolorosas de lo normal. Luisa y Victor dijeron que, cuando encontraban uno de estos efectos, lo mejor era evitarlos. Ricardo se propuso no recibir ningún daño.
No iba a ser tan sencillo.
Los dos maestros ninja se separaron y, dejando un rastro de humo, desaparecieron de la vista del elegido. Un segundo después aparecieron a su espalda y atacaron. Ricardo esperaba este tipo de trucos y habilidades de estos individuos. Sin embargo, su reducido tiempo para reaccionar fue lo que hizo que no pudiese evitar un pequeño corte en su espalda pese a haberse echado hacia delante. Los fantasmas tenían razón, dolía muchísimo esa herida. El movimiento de Ricardo se volvió más dificultoso tras ese momento.
Pero él no se iba a rendir. Miró de nuevo a los dos maestros y observó cómo iban a repetir la misma estrategia. Desaparecer y reaparecer. ¿Cómo lo hacían? Lo descubrió.
Balanceó su cuerpo hacia delante y dio un giro completo con su Hachecutadora. Pareció haber cortado al aire, pero los dos maestros fueron heridos lo suficiente como para estar a merced de un ataque más del hacha y ser ejecutados por Ricardo.
Los ninjas aprendices no se iban a acercar más. Los maestros se mostraron reticentes a combatir y prefirieron no intervenir. Ricardo llegó al final del poblado y Mimi explicó en qué consistía la última parte de la prueba.
- ¿Ves eso? Son plataformas como las de antes, pero aquí se pone a prueba la agilidad del ninja para superar obstáculos del terreno. Si consigues superar esto, podrás optar por un desafío especial.
- Vale. ¿Puedo descansar un momento?
- Por supuesto - Asintió Mimi, extrañada pero comprensiva.
- Quería preguntarte algo más. ¿Por qué eres ninja?
Mimi se quedó callada un momento. Entonces, cerrando sus ojos y sonriendo, dijo:
- Porque siempre quise ser como él.
- ¿Quién?
- El Maestro Yao. El mejor ninja de mi aldea. Lo había visto desde que era pequeña. Con diez años, yo ya había aprendido a manejar una katana como es debido. A los quince, conseguí ser oficialmente ninja. Entrenaba muchísimo para algún día llegar a tener el honor de enfrentarme en un duelo con el maestro. No me importaría el resultado, pero habría cumplido mi sueño de niña. Desafortunadamente, morí antes de poder cumplirlo.
- Eres honrada, Mimi. Yo te pedí que me contases el porqué y tú me has relatado tu historia. Admirable para ser tan joven como pareces.
Mimi enmudeció. Ricardo se había levantado y comenzó a dar saltos que parecían propios de un saltamontes. Las plataformas eran muy pequeñas. Cualquier paso en falso podía ser mortal. En alguna de ellas apenas cabían los dos pies. Era una prueba difícil. Él pensaba todos y cada uno de sus movimientos con detenimiento y paciencia. Eso le funcionó muy bien y llegó hasta el final de la prueba. Lo recibió un maestro ninja.
- Enhorabuena. Has conseguido ser como un ninja en este lugar. Puedes coger la gema rosa de esa caja al fondo, pero antes debo preguntarte algo. ¿Estás dispuesto a superar una prueba más?
- ¿En qué consiste?
- Vencerme en un duelo a muerte.
- Acepto el desafío.
- Interesante. Ni siquiera te has interesado por la recompensa. Despiertas mi curiosidad.
- Lo hago por ella.
- ¿Quién es "ella"?
- Por Mimi. Ella se merecía tu puesto.
- Esa chica no tenía el talento suficiente.
- Y yo no soy un ninja. Aún así, te voy a vencer.
Mimi estaba atónita. Ricardo apenas la acababa de conocer y estaba luchando por ella.
- Empecemos el duelo. ¡Adelante, enfréntate al Gran Maestro Xin!
El maestro desapareció. Apareció rápidamente enfrente de Ricardo, pero este también desapareció y apareció unos pasos más atrás. Xin levantó una ceja.
- Parece que has aprendido bastante.
La katana del Gran Maestro era blanca como la nieve. No parecía metal alguno. Sus movimientos eran muy rápidos. A Ricardo le costaba mantener el ritmo de la batalla. No podía concentrarse en pensar una estrategia.
"¡Luia!"
El grito de guerra de Ricardo. El hechizo de la furia se había activado. Salió de sí e intentó asestar una serie de hachazos al Gran Maestro. Ninguno dio en el blanco. Ricardo volvió en sí y estaba bastante alejado de Xin, pero ambos estaban intactos.
- No ha estado mal, guerrero. Aún te queda por aprender.
Ricardo puso el Libro Rojo en el suelo y agarró la Hachecutadora con sus dos manos poniéndola enfrente suya mientras apuntaba al Gran Maestro. El elegido esperó a que su oponente tomara la ofensiva. Xin se acercó a una velocidad vertiginosa y Ricardo desapareció y apareció a un lado.
- Esto del movimiento rápido es muy útil. Gracias por enseñármelo - Se burló Ricardo.
- Puedes rendirte. Ya sabes que no puedes siquiera tocarme.
Ricardo puso su misma posición. El hacha a dos manos apuntando a Xin. Siempre que el Gran Maestro intentaba algún tipo de ataque, era esquivado por Ricardo y viceversa.
Hasta que los errores humanos pasan factura. Uno de esos ataques, el Gran Maestro Xin esperaba que Ricardo lo esquivase hacia algún lado, pero no lo hizo. Tampoco recibió el corte de su katana. Ricardo saltó y cayó sobre el Gran Maestro, tumbándolo en el suelo de una patada.
- He ganado, Xin.
El derrotado ninja estaba sin palabras. Se dio cuenta de la estrategia de su rival cuando había caído ya en ella. Tantas veces repitiendo el mismo patrón evitando su ataque provocó que Xin se confiase en que iba a suceder de nuevo. Lo pilló de sorpresa el cambio de ritmo.
- ¿Cuál es mi recompensa? - Preguntó Ricardo mientras apuntaba con la Hachecutadora al Gran Maestro.
- Mis pantalones de ninja. No son unos cualquiera. Tienen un poder especial. Serás mucho más ágil con ellos puestos. Puedes recoger la gema rosa. Volverás directamente al tenerla en tu poder.
Ricardo abrió la caja y cogió la gema rosa. Volvió al Nexo con tranquilidad y las felicitaciones de los fantasmas, sobre todo de Gabriela, fueron acaloradas. Poniendo la gema rosa en la sala de trofeos, el fantasma de Mimi ya pertenecía al Nexo.
- Mimi. Supongo que estarás contenta. He derrotado a quien no pudiste derrotar.- Añadió Ricardo.
- Sí. Estoy contenta porque has luchado por mí pese a que no me conocías.
Mimi estaba mintiendo. Ricardo se dio cuenta de su mirada. Entonces dedujo que no murió contra el Gran Maestro. Él no lo supo, pero el cadáver de Mimi se encontraba en un sótano del poblado ninja.
- Ninjas... Esos pantalones me quedan bien, pero son muy ajustados. Aún así, es cierto eso de la agilidad. En tres saltos, ya estaba en cama listo para descansar. Debo estar preparado. El Gran Maestro Xin era solamente el principio. Tendré que enfrentarme a muchos rivales poderosos en el futuro, de eso estoy seguro. Por el momento, voy a dormir, que me hace falta. Buenas noches.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Desafío de Vida #9: Laboratorios Magma (Tributo a heliceo)
(heliceo es el mapmaker que hizo Ragecraft 2, un mapa Complete the Monument del videojuego Minecraft. Basándome en la decoración de dicho mapa, he elaborado esta historia. El crédito debe ser mencionado, por supuesto.)
- ¿Puedes ir a por la gema lima, por favor? - Pidió Luisa a Ricardo.
- Era la que tenía en mente. Iré sin problemas.
- Gracias.
- ¿Para qué quieres que vaya allí específicamente?
- Uno de mis mejores amigos coincidió conmigo en estas pruebas. Estoy segura de que se encuentra en esa gema.
- Así que es por eso. Bien. Voy a traerte a tu compañero. Hoy mismo.
Luisa estaba contenta. Ricardo estaba muy decidido, así que comenzó a prepararse para la batalla. Armadura ligera, Hachecutadora en su mano derecha y el Libro Rojo en su mano izquierda. Esta vez no se trataba de un hechizo como el que aprendió en el Pequeño Imperio. Tenía que llevar el libro consigo para que tuviese efecto la magia de la invulnerabilidad al fuego. Eso restaba protección a Ricardo, pero le importó poco.
- Deseadme suerte.
Gabriela, Paulina, Francisco y Luisa desearon lo mejor para Ricardo mientras subía al altar y cerraba sus ojos, para su posterior desaparición.
Una sala pequeña y bien iluminada, una caja en el centro con el fantasma a su lado y una puerta de algún metal muy resistente en una de las paredes para salir de allí. Sin embargo, estaba cerrada.
- Hola. ¿Cuál es tu nombre? - Preguntó apresurado Ricardo.
- Buenas. Soy Víctor. Dime el tuyo ahora.
- Ricardo. Entonces ella tenía razón.
- ¿Ella?
- Luisa. Supongo que la conoces.
- ¡Sí! ¿En serio? ¿Está bien?
- Tanto como tú. Ahora dime dónde estoy.
- Este lugar se llama Laboratorios Magma. Muchos científicos rondan por aquí y tienen pociones peligrosas.
Ricardo recordó la poción que le impidió mover sus piernas momentáneamente en el Pequeño Imperio. Se estremeció al saber que aún podían existir peores.
- Lo peor es que tienes que beberte una poción de las que se encuentran en la caja para que te abran la puerta. Tienen muchos efectos, así que elige bien.
- No confío nada en estas pociones. Es un juego de suerte y eso es injusto, pero bueno, tendré que hacerlo.
Ricardo escogió una poción y se la bebió. No notó nada extraño, con lo que jugaba entre dos posibilidades: Que no había tenido efecto o que el efecto aparecería después. La segunda opción le provocaba cierta intranquilidad.
Pero como dijo Victor, la puerta se abrió. Él iba vestido como los científicos del laboratorio. Una bata blanca por encima de su camiseta de color verde lima y pantalones blancos combinando con la prenda superior. Tenía el pelo corto y castaño, además de los ojos del mismo color.
Con el desconocido efecto de poción, Ricardo salió por la puerta. Había un cartel.
"Sector C"
- Cierto. Estos laboratorios se dividen en tres sectores. A, B y C - Explicó Victor.
- ¿Donde crees que puede estar la gema?
- No lo sé. Puede estar en cualquiera de los tres. Todos son igualmente importantes.
- ¿Qué hay en este sector?
- Almacenes y desecho de pociones.
- Pues es posible que sea aquí. Voy a buscar.
- Ten cuidado con los científicos.
Ricardo comenzó a explorar los pasillos de los Laboratorios Magma. Encontró muchas pociones almacenadas, pero ninguna de ellas era lo que buscaba. La gema no parecía estar por ningún lugar de ese sector casi abandonado.
- ¿No hay nadie por aquí? - Preguntó Ricardo.
- Es extraño. Se supone que debería haber personal en todos los sectores.
Ricardo buscó una señal que le indicase la entrada al sector B.
- ¿Qué hay en este sector?
- Creación y modificación de pociones. Aquí suelen tener todos los ingredientes necesarios para hacerlas.
Ricardo asintió y se ocultó en una esquina. Ya comenzó a ver científicos. No parecían enemigos fuertes, pero nunca se sabe. Esas pociones eran lo que más temía el elegido.
Aún no sabía cuál era el efecto de la poción que bebió.
En cuanto estuvieron cerca, atacó rápidamente a los dos científicos que caminaban hacia el sector C. No tuvieron tiempo para reaccionar. Fueron ejecutados.
- Pero...
- ¿Mucha violencia gratuita? Pues lo siento. A mí también me resulta extraño, pero esto no existe en la vida. Estoy muerto - Dijo Ricardo antes de que Victor hablase.
- Iba a decirte que en este sector sería complicado que estuviese la gema. No hay apenas sitio para almacenarla.
Eso era cierto. Habían cientos de tubos transparentes llenos de líquidos fluyendo por todos lados, pero nada de la gema lima. Más científicos se aproximaban, y estos habían visto a Ricardo antes de que él pudiese ocultarse. Lo habían descubierto.
Armados con pociones, los científicos arrojaron una oleada de cristal con fluido hacia el elegido. Nada bueno iba a salir de esos frascos rotos. Ricardo empezó a sentirse mareado y apenas podía moverse. Cayó al suelo y quedó inconsciente.
- ¿Qué hacemos con él?
- ¿Lo mandamos con las pociones de desecho?
- Se pueden obstruir.
- Cierto. Lo tiramos en el Sector A y listo.
Ricardo fue desarmado y transportado al sector A. Era el sector de investigación y centro de conocimiento. Un curioso lugar, pues consistía en bibliotecas seccionadas en salas elevadas. Debajo de dichas salas había un gran pozo de magma. De ahí el nombre de los laboratorios.
Lanzaron el cuerpo inconsciente de Ricardo a la lava. Era el fin de su última oportunidad. Lo habría sido de no ser por la poción aleatoria que tuvo que beber. Una poción de inmunidad al fuego.
Despertó en el lago de magma muy sorprendido y con mucho calor, pero sin quemaduras ni dolor. Nadó hasta el suelo más bajo del Sector A y se preparó para lo peor. Conseguir la gema lima y recuperar la Hachecutadora y el Libro Rojo eran sus misiones importantes.
Los científicos no daban crédito a lo ocurrido. Un hombre cargando contra ellos y arrebatándoles las pociones. Victor reencontró a Ricardo y, sorprendido, volvió a su lado.
- ¿Cómo has sobrevivido?
- No me hace nada el fuego.
- ¿Qué?
- Será por la poción del principio. Ahora, necesito mis cosas y la gema.
Ricardo se había agenciado con algunas pociones de los científicos que había derribado cuerpo a cuerpo, pero aún le quedaban muchos más. Las salas eran cada vez más inaccesibles para el elegido. Sin embargo, encontró algo interesante.
Una sala que solo contenía una poción dentro de una caja. Un pequeño frasco con un líquido naranja fluorescente que burbujeaba en su interior.
- En la etiqueta pone G. M. P.
- ¿En serio?
- No te miento.
- Es una poción que utiliza todo el poder de una persona. Lo vuelve casi invulnerable temporalmente.
- Me la llevo. Sé cuándo la usaré.
Ricardo la guardó en su cinturón y siguió subiendo sala por sala. Muchos documentos sobre pociones e ingredientes para las mismas estaban recogidos justo encima de un pozo que puede quemarlo todo. Una idea poco inteligente.
Empujando a un científico por la espalda y tirándolo al magma desde una altura considerable, Ricardo recuperó su Hachecutadora y el Libro Rojo. Sin embargo, su armadura se había ido junto con el científico empujado.
Justo en la sala siguiente se encontraba la caja de cristal con la gema lima. Sin embargo, estaba custodiada por cinco científicos en sus tareas de investigación.
- Victor, prepárate para un poco de acción. ¡Luia!
El hechizo de la furia. Ricardo salió de sí mismo y, entrando en la última sala, rebanó las cabezas de los investigadores en cuestión de segundos.
- ¿Investigadores? Increíble. Si estás muerto, lo que menos buscas es investigar algo distinto a la razón de tu muerte. Yo busco vivir.
Ricardo cogió la gema lima y la guardó en el bolsillo de su pantalón. Saltaron las alarmas.
"Activados sistemas de defensa en Sector C"
- ¿En la salida?
- Es verdad. Las pociones que desechan pueden ser utilizadas para el sistema de defensa. Ahora esos pasillos estarán llenos de pociones rotas.
- ¿Dónde hay una mascarilla?
- Los científicos llevamos una siempre.
Ricardo encontró una mascarilla y se la puso. El resto del personal ya había huído de los laboratorios. Atravesó el Sector B y llegó hasta la zona peligrosa.
Montones de pociones caían por todos los pasillos. El ambiente era irrespirable. Menos mal que la mascarilla de Ricardo lo protegía de respirar lo suficiente y, corriendo entre el suelo de cristales rotos, llegó a la sala por donde entró.
- No puedo más. Necesito aire...
Casi asfixiado por las pociones, volvió en un instante al Nexo. Se tiró al suelo boca arriba y respirando profundamente.
- Estoy... Aquí...
Todos los fantasmas se alegraron de que el elegido seguía vivo. Luisa sobre todo, tras reencontrarse con su amigo cuando Ricardo colocó la gema en su lugar.
Fue un abrazo fantasmal. Increíblemente extraño. Algo con lo que no puedes tener contacto físico lo está teniendo. Era extravagante. Sin embargo, aún faltaba una pregunta.
- Oye, Victor. ¿Cómo moriste en los Laboratorios?
- Mi poción principal fue veneno. Una injusticia.
Apenas se le notaba a él, pero la mirada era la misma. Otra mentira de los fantasmas. Ricardo quería averiguar la muerte real, pero no querían revelársela por alguna razón.
Ricardo se retiró al aire libre de nuevo. Esta vez lo dejaron solo un rato. Después, llegó Paulina.
- Te está resultando duro, ¿eh?
- La verdad es que es muy complicado todo. Pócimas, magia... Es demasiado para entenderlo.
- Pues pregúntale a esos dos.
- ¿Quienes son "esos dos"?
- Luisa y Victor. Se pasan el día hablando de libros, magia y esas cosas.
- Oh. Gracias por el consejo.
- Recuerda que estamos aquí para ayudarte. Fran te puede dar algún truco para el combate cuerpo a cuerpo y yo te puedo dar algún que otro consejo sobre herrería.
- Ah, ¿pero que tú eres herrera?
- ¿Acaso no conoces a tus ayudantes? - Suspiró Paulina.
- Bueno, ¿y Gabriela?
- Ella puede darte el ánimo que necesitas... De momento.
- ¿De momento?
- Cuando se vuelva todo gris... Ya verás cómo cambia.
- No entiendo.
- Lo entenderás. Son cosas de mujeres.
Paulina se retiró, pero lo que dijo era muy importante. Conocer a los que te rodean y ayudan comienza a ser esencial.
Pero Ricardo ya tiene una estrategia a largo plazo. Había guardado la G.M.P.
"La poción del modo dios"
Muchos peligros esperan a Ricardo todavía. Él se tomará un descanso, pero... ¿Conseguirá abatir el siguiente desafío y proclamarse vencedor de la gema rosa? Si lo hace, ¿Cómo lo hará?
- ¿Puedes ir a por la gema lima, por favor? - Pidió Luisa a Ricardo.
- Era la que tenía en mente. Iré sin problemas.
- Gracias.
- ¿Para qué quieres que vaya allí específicamente?
- Uno de mis mejores amigos coincidió conmigo en estas pruebas. Estoy segura de que se encuentra en esa gema.
- Así que es por eso. Bien. Voy a traerte a tu compañero. Hoy mismo.
Luisa estaba contenta. Ricardo estaba muy decidido, así que comenzó a prepararse para la batalla. Armadura ligera, Hachecutadora en su mano derecha y el Libro Rojo en su mano izquierda. Esta vez no se trataba de un hechizo como el que aprendió en el Pequeño Imperio. Tenía que llevar el libro consigo para que tuviese efecto la magia de la invulnerabilidad al fuego. Eso restaba protección a Ricardo, pero le importó poco.
- Deseadme suerte.
Gabriela, Paulina, Francisco y Luisa desearon lo mejor para Ricardo mientras subía al altar y cerraba sus ojos, para su posterior desaparición.
Una sala pequeña y bien iluminada, una caja en el centro con el fantasma a su lado y una puerta de algún metal muy resistente en una de las paredes para salir de allí. Sin embargo, estaba cerrada.
- Hola. ¿Cuál es tu nombre? - Preguntó apresurado Ricardo.
- Buenas. Soy Víctor. Dime el tuyo ahora.
- Ricardo. Entonces ella tenía razón.
- ¿Ella?
- Luisa. Supongo que la conoces.
- ¡Sí! ¿En serio? ¿Está bien?
- Tanto como tú. Ahora dime dónde estoy.
- Este lugar se llama Laboratorios Magma. Muchos científicos rondan por aquí y tienen pociones peligrosas.
Ricardo recordó la poción que le impidió mover sus piernas momentáneamente en el Pequeño Imperio. Se estremeció al saber que aún podían existir peores.
- Lo peor es que tienes que beberte una poción de las que se encuentran en la caja para que te abran la puerta. Tienen muchos efectos, así que elige bien.
- No confío nada en estas pociones. Es un juego de suerte y eso es injusto, pero bueno, tendré que hacerlo.
Ricardo escogió una poción y se la bebió. No notó nada extraño, con lo que jugaba entre dos posibilidades: Que no había tenido efecto o que el efecto aparecería después. La segunda opción le provocaba cierta intranquilidad.
Pero como dijo Victor, la puerta se abrió. Él iba vestido como los científicos del laboratorio. Una bata blanca por encima de su camiseta de color verde lima y pantalones blancos combinando con la prenda superior. Tenía el pelo corto y castaño, además de los ojos del mismo color.
Con el desconocido efecto de poción, Ricardo salió por la puerta. Había un cartel.
"Sector C"
- Cierto. Estos laboratorios se dividen en tres sectores. A, B y C - Explicó Victor.
- ¿Donde crees que puede estar la gema?
- No lo sé. Puede estar en cualquiera de los tres. Todos son igualmente importantes.
- ¿Qué hay en este sector?
- Almacenes y desecho de pociones.
- Pues es posible que sea aquí. Voy a buscar.
- Ten cuidado con los científicos.
Ricardo comenzó a explorar los pasillos de los Laboratorios Magma. Encontró muchas pociones almacenadas, pero ninguna de ellas era lo que buscaba. La gema no parecía estar por ningún lugar de ese sector casi abandonado.
- ¿No hay nadie por aquí? - Preguntó Ricardo.
- Es extraño. Se supone que debería haber personal en todos los sectores.
Ricardo buscó una señal que le indicase la entrada al sector B.
- ¿Qué hay en este sector?
- Creación y modificación de pociones. Aquí suelen tener todos los ingredientes necesarios para hacerlas.
Ricardo asintió y se ocultó en una esquina. Ya comenzó a ver científicos. No parecían enemigos fuertes, pero nunca se sabe. Esas pociones eran lo que más temía el elegido.
Aún no sabía cuál era el efecto de la poción que bebió.
En cuanto estuvieron cerca, atacó rápidamente a los dos científicos que caminaban hacia el sector C. No tuvieron tiempo para reaccionar. Fueron ejecutados.
- Pero...
- ¿Mucha violencia gratuita? Pues lo siento. A mí también me resulta extraño, pero esto no existe en la vida. Estoy muerto - Dijo Ricardo antes de que Victor hablase.
- Iba a decirte que en este sector sería complicado que estuviese la gema. No hay apenas sitio para almacenarla.
Eso era cierto. Habían cientos de tubos transparentes llenos de líquidos fluyendo por todos lados, pero nada de la gema lima. Más científicos se aproximaban, y estos habían visto a Ricardo antes de que él pudiese ocultarse. Lo habían descubierto.
Armados con pociones, los científicos arrojaron una oleada de cristal con fluido hacia el elegido. Nada bueno iba a salir de esos frascos rotos. Ricardo empezó a sentirse mareado y apenas podía moverse. Cayó al suelo y quedó inconsciente.
- ¿Qué hacemos con él?
- ¿Lo mandamos con las pociones de desecho?
- Se pueden obstruir.
- Cierto. Lo tiramos en el Sector A y listo.
Ricardo fue desarmado y transportado al sector A. Era el sector de investigación y centro de conocimiento. Un curioso lugar, pues consistía en bibliotecas seccionadas en salas elevadas. Debajo de dichas salas había un gran pozo de magma. De ahí el nombre de los laboratorios.
Lanzaron el cuerpo inconsciente de Ricardo a la lava. Era el fin de su última oportunidad. Lo habría sido de no ser por la poción aleatoria que tuvo que beber. Una poción de inmunidad al fuego.
Despertó en el lago de magma muy sorprendido y con mucho calor, pero sin quemaduras ni dolor. Nadó hasta el suelo más bajo del Sector A y se preparó para lo peor. Conseguir la gema lima y recuperar la Hachecutadora y el Libro Rojo eran sus misiones importantes.
Los científicos no daban crédito a lo ocurrido. Un hombre cargando contra ellos y arrebatándoles las pociones. Victor reencontró a Ricardo y, sorprendido, volvió a su lado.
- ¿Cómo has sobrevivido?
- No me hace nada el fuego.
- ¿Qué?
- Será por la poción del principio. Ahora, necesito mis cosas y la gema.
Ricardo se había agenciado con algunas pociones de los científicos que había derribado cuerpo a cuerpo, pero aún le quedaban muchos más. Las salas eran cada vez más inaccesibles para el elegido. Sin embargo, encontró algo interesante.
Una sala que solo contenía una poción dentro de una caja. Un pequeño frasco con un líquido naranja fluorescente que burbujeaba en su interior.
- En la etiqueta pone G. M. P.
- ¿En serio?
- No te miento.
- Es una poción que utiliza todo el poder de una persona. Lo vuelve casi invulnerable temporalmente.
- Me la llevo. Sé cuándo la usaré.
Ricardo la guardó en su cinturón y siguió subiendo sala por sala. Muchos documentos sobre pociones e ingredientes para las mismas estaban recogidos justo encima de un pozo que puede quemarlo todo. Una idea poco inteligente.
Empujando a un científico por la espalda y tirándolo al magma desde una altura considerable, Ricardo recuperó su Hachecutadora y el Libro Rojo. Sin embargo, su armadura se había ido junto con el científico empujado.
Justo en la sala siguiente se encontraba la caja de cristal con la gema lima. Sin embargo, estaba custodiada por cinco científicos en sus tareas de investigación.
- Victor, prepárate para un poco de acción. ¡Luia!
El hechizo de la furia. Ricardo salió de sí mismo y, entrando en la última sala, rebanó las cabezas de los investigadores en cuestión de segundos.
- ¿Investigadores? Increíble. Si estás muerto, lo que menos buscas es investigar algo distinto a la razón de tu muerte. Yo busco vivir.
Ricardo cogió la gema lima y la guardó en el bolsillo de su pantalón. Saltaron las alarmas.
"Activados sistemas de defensa en Sector C"
- ¿En la salida?
- Es verdad. Las pociones que desechan pueden ser utilizadas para el sistema de defensa. Ahora esos pasillos estarán llenos de pociones rotas.
- ¿Dónde hay una mascarilla?
- Los científicos llevamos una siempre.
Ricardo encontró una mascarilla y se la puso. El resto del personal ya había huído de los laboratorios. Atravesó el Sector B y llegó hasta la zona peligrosa.
Montones de pociones caían por todos los pasillos. El ambiente era irrespirable. Menos mal que la mascarilla de Ricardo lo protegía de respirar lo suficiente y, corriendo entre el suelo de cristales rotos, llegó a la sala por donde entró.
- No puedo más. Necesito aire...
Casi asfixiado por las pociones, volvió en un instante al Nexo. Se tiró al suelo boca arriba y respirando profundamente.
- Estoy... Aquí...
Todos los fantasmas se alegraron de que el elegido seguía vivo. Luisa sobre todo, tras reencontrarse con su amigo cuando Ricardo colocó la gema en su lugar.
Fue un abrazo fantasmal. Increíblemente extraño. Algo con lo que no puedes tener contacto físico lo está teniendo. Era extravagante. Sin embargo, aún faltaba una pregunta.
- Oye, Victor. ¿Cómo moriste en los Laboratorios?
- Mi poción principal fue veneno. Una injusticia.
Apenas se le notaba a él, pero la mirada era la misma. Otra mentira de los fantasmas. Ricardo quería averiguar la muerte real, pero no querían revelársela por alguna razón.
Ricardo se retiró al aire libre de nuevo. Esta vez lo dejaron solo un rato. Después, llegó Paulina.
- Te está resultando duro, ¿eh?
- La verdad es que es muy complicado todo. Pócimas, magia... Es demasiado para entenderlo.
- Pues pregúntale a esos dos.
- ¿Quienes son "esos dos"?
- Luisa y Victor. Se pasan el día hablando de libros, magia y esas cosas.
- Oh. Gracias por el consejo.
- Recuerda que estamos aquí para ayudarte. Fran te puede dar algún truco para el combate cuerpo a cuerpo y yo te puedo dar algún que otro consejo sobre herrería.
- Ah, ¿pero que tú eres herrera?
- ¿Acaso no conoces a tus ayudantes? - Suspiró Paulina.
- Bueno, ¿y Gabriela?
- Ella puede darte el ánimo que necesitas... De momento.
- ¿De momento?
- Cuando se vuelva todo gris... Ya verás cómo cambia.
- No entiendo.
- Lo entenderás. Son cosas de mujeres.
Paulina se retiró, pero lo que dijo era muy importante. Conocer a los que te rodean y ayudan comienza a ser esencial.
Pero Ricardo ya tiene una estrategia a largo plazo. Había guardado la G.M.P.
"La poción del modo dios"
Muchos peligros esperan a Ricardo todavía. Él se tomará un descanso, pero... ¿Conseguirá abatir el siguiente desafío y proclamarse vencedor de la gema rosa? Si lo hace, ¿Cómo lo hará?
domingo, 13 de septiembre de 2015
Desafío de Vida #8: El Río de Azufre (Tributo a heliceo)
(heliceo es el mapmaker que hizo Ragecraft 2, un mapa Complete the Monument del videojuego Minecraft. Basándome en la decoración de dicho mapa, he elaborado esta historia. El crédito debe ser mencionado, por supuesto.)
- ¿Estás listo? - Preguntó Fran.
- Sí. No creo que pueda llevarme nada más.
- Venga, en la prisión lo hiciste muy bien. Espero que allí ocurra lo mismo.
- Gracias. Allá voy.
- Cuídate, Ricardo - Se despidió Gabriela.
- Que te vaya bien - Dijo Paulina, para no ser descortés.
Ricardo subió al altar y cerró los ojos. Se dirigió hacia la gema amarilla. Cuando los abrió, se encontraba en una sala iluminada con fuego. Aún así, quedaban restos de oscuridad en la habitación. Había un fantasma sentado en el aire bloqueando la salida. Estaba leyendo.
- ¿Perdón?
El fantasma era una mujer joven, de cabellos largos, alisados y castaños. Levantó la vista del libro rojo que sostenía entre sus manos y Ricardo pudo ver sus ojos marrones claros. Sus labios estaban pintados en rojo y llevaba un vestido blanco muy ligero de una sola pieza. Cabe destacar que iba descalza.
- Hola - Dijo ella mientras marcaba la página que leía antes de la interrupción.
- Buenas. ¿Eres el fantasma que tiene que guiarme por aquí?
- Luisa. Encantada.
- Ricardo. Lo mismo digo.
- Sólo te voy a dar un consejo. No necesitas más.
- Estoy escuchando.
- Ten cuidado con el fuego, pero no le temas.
- ¿Es una clase de acertijo?
- Lo sabrás cuando llegue el momento. Significa que no siempre el fuego va a ser un problema.
- Creo que entiendo. Ya veré qué ocurre.
- Pues si estás tan decidido, adelante. Entra en el Río de Azufre.
- ¿Río de Azufre?
- Lo llamaron así porque anteriormente eran minas de azufre. Pero se abrió paso una fuente de magma y ahora se ha formado una especie de río por toda la cueva. Ya nadie trabaja en ella.
- Es bueno saber eso. Gracias.
Ricardo avanzó hasta la salida de la habitación. Al parecer, iba a ser frecuente aparecer en una sala previa al desafío para la preparación que requiriese. El elegido iba armado con su recién adquirida Hachecutadora y el escudo que no tuvo oportunidad de utilizar en la prisión.
Sin embargo, su armadura no era la mejor para lo que le esperaba. El cuero aguantaría poco en aquel lugar.
La temperatura era elevada. Había fuego por todas partes y justo enfrente estaba el río de magma fluyendo lentamente. Había dos caminos posibles: Hacia el nacimiento del río, o hacia su desembocadura.
- Probablemente esté en el nacimiento. Además, la desembocadura será mucho más amplia - Razonó Ricardo.
Luisa simplemente seguía el paso de Ricardo sin siquiera mirarlo. Ella continuaba leyendo su libro. Abstraída de lo que ocurría con el elegido hasta que aparecieron las primeras hostilidades.
- Mira el río. Cuidado - Dijo ella.
Emergían lentamente del río. Tenían la apariencia de un remolino de llamas. Eran elementales de fuego y no parecían muy contentos con la presencia de Ricardo en sus tierras.
Proyectiles de fuego empezaban a ser lanzados hacia él. No eran muy rápidos, pero el impacto de uno podía ser muy peligroso. Evitando las llamas y ascendiendo poco a poco, se dio cuenta de que no había salida. Y la gema tampoco estaba.
Muchísimos elementales de llamas se habían acumulado, y estaban a punto de tener a tiro a Ricardo. Solo quedaba enfrentarse a ellos.
De un salto, bajó un saliente y atacó al primer elemental con su hacha. El remolino de llamas desapareció. Un brillo anaranjado apareció alrededor de la Hachecutadora.
- Eso es lo que te decía - Aclaró Luisa tras ver a Ricardo observar el brillo de su hacha.
Continuó descendiendo lo que había escalado y un proyectil ígneo impactó en Ricardo, pero no tuvo efecto. El brillo del hacha desapareció.
- Así que es eso... Entendido.
Los elementales son muy frágiles. Un simple golpe los debilita. Cuando eso ocurre, el atacante recibe una bendición del elemental que lo protege del fuego temporalmente.
Los elementales se acercaban cada vez más y era más fácil que Ricardo recibiera quemaduras de los proyectiles. La solución fue aguantar todo lo posible para que dichos elementales se alejaran del río de lava para asi derrotarlos uno a uno fácilmente en tierra.
Ricardo blandió la Hachecutadora y cargó contra el primer elemental. Acabó con él fácilmente y corrió hasta alcanzar al segundo, al tercero, al cuarto...
Todos los elementales cayeron uno a uno gracias a la inmunidad temporal de fuego de Ricardo. Eso le permitió tomarse un pequeño descanso de la carrera y prepararse mentalmente para avanzar hasta la desembocadura.
- No te lo había dicho, pero hay una especie de aldea en la desembocadura - Advirtió repentinamente Luisa.
- ¿En serio? ¿Quién viviría en un lugar como este?
- Dije que este lugar fue como una especie de mina, ¿verdad? Pero era inmensa, con lo que decidieron acoger a algunos de sus trabajadores.
- ¿Cómo sobreviven?
- No lo sé. Están locos, eso sí.
- ¿Hablas en serio?
- Son como pirómanos. Tienen todo el fuego que necesitan, con lo que les resulta fácil quemarlo todo.
- Suena peligrosa la desembocadura...
- Más adelante encontrarás estructuras en medio del río que pertenecían a la mina. No son muy estables, así que ten cuidado.
- Lo tendré, no lo dudes - Dijo Ricardo mientras se levantaba.
Luisa volvió a su estado natural. Leyendo el libro rojo mientras flotaba por encima de Ricardo era lo único que hacía. Un tanto extraño. Parecía como si no tuviese interés en que el elegido sobreviviese.
Ricardo comenzó a caminar descendiendo poco a poco el río. Las corrientes se hacían cada vez más amplias, y eso daba una sensación de peligro. Había mucha zona peligrosa y aumentaba por momentos.
Finalmente divisó la aldea. Eran apenas tres casas pequeñas construidas en arcilla. Sin embargo, estaban muy habitadas. Decenas de pirómanos circundaban las casas. Derrotar a todos ellos sería imposible sin una estrategia.
Pero Ricardo siempre tiene una estrategia.
Atraerlos al río era una muy buena idea. Así que el elegido llamó la atención de más de la mitad de los pirómanos y ellos intentaron ir contra Ricardo armados con antorchas encendidas.
Cuando se encontraban a escasos metros, él rechazó con el escudo al primero de ellos y lo tiró al río. Ahora el escudo de Ricardo estaba en llamas de nuevo, con lo que decidió lanzarlo para derribar a algunos pirómanos más.
No era suficiente. Muchos de sus enemigos lanzaron su antorcha hacia Ricardo y casi le prendieron fuego. El elegido se retiró un poco y decidió que era el momento de utilizar todo lo que tenía.
"¡Luia!"
Luisa abrió los ojos sorprendida con lo que acababa de escuchar. Dejó de leer para contemplar a Ricardo rebanando las cabezas de los pirómanos con su Hachecutadora en un abrir y cerrar de ojos. En un minuto, no quedaba ni uno de ellos en toda la aldea. Ricardo salió de su trance y se sentó en el duro y caldeado suelo.
- ¿Sabes hablar enano? - Preguntó Luisa, asombrada por lo que acababa de suceder.
- No.
- Entonces, lo que acabas de decir...
- Es algo que vi en un libro del Pequeño Imperio. Era de los enanos, sí, pero lo comprendí bien.
- Increíble. Invocas a la furia que llevas dentro...
- Algo así supuse. Fue leer el libro y todo a mi alrededor moría cuando volvía en mí.
- Lo que estás diciendo es "Manantial de la Furia" y algo más que tiene que ver con el hechizo para que surta efecto.
- Es interesante saberlo.
Ricardo comenzó a registrar las tres casas de arcilla que constituían la aldea. Ninguna tuvo nada interesante salvo la tercera que registró.
Había un libro rojo en el suelo elevado por un montón de cenizas.
- Un momento. Esto no es...
Luisa seguía ajena a lo que sucedía mientras leía su libro rojo. Un libro rojo idéntico al que estaba allí tirado.
- Luisa. ¿Cómo moriste en este lugar?
El fantasma puso la mirada que revela sus intenciones. Luisa iba a mentir.
- Morí quemada.
- ¿Puedes darme más detalles?
- Los pirómanos me atraparon y me quemaron.
- ¿Nada más?
Luisa se quedó callada. Su expresión no era para nada alegre, pero tampoco estaba molesta con las preguntas de Ricardo. Simplemente algo impedía que ella dijese la verdad.
Algo impedía que todos dijesen la verdad.
Ricardo suspiró, cogió el libro y siguió adelante. Luisa volvió a enfrascarse en su lectura mientras flotaba siguiendo al elegido, quien no se esperaba lo que estaba a punto de suceder.
Vio la gema amarilla. Estaba al otro lado de un puente que cruzaba el río. Ricardo recordó que las estructuras no eran muy estables. Así que se tomó su tiempo para reflexionar. Hojeó el libro rojo para ver su contenido. Era una historia sobre una mujer que, perdida en una jungla, tenía que arreglárselas para sobrevivir e intentar salir. Tenía parte del título carbonizado, con lo que sólo podía verse "El juego d... ... Llamas"
Él se quedó en silencio y tuvo una idea. Agarró la Hachecutadora y corrió a través del puente a grandes zancadas. Ricardo llegó hasta el final, pero el principio del puente se había derrumbado. No había salida pese a que el elegido tuviese la gema amarilla en su poder.
Sudando, Ricardo se sentó y comenzó a leer el libro rojo. Luisa intentaba analizar la situación del hombre, pero no podía sacarle ningún sentido. Observó un poco y miró hacia el río. Habían elementales de fuego acumulándose en la corriente.
- ¿Ya has visto mi plan? - Preguntó Ricardo.
- No lo comprendo.
- Yo acabo de terminar el tercer capítulo de tu libro. Y me gusta esa frase que dice: "Tengo que derrotar al rey de la selva, aunque me de alguna dentellada."
Ricardo no dio tiempo a que Luisa reaccionase. Corriendo, saltó por el puente y cayó en el Río de Azufre.
- No puedo creer que se haya muerto de esta forma... Espera.
Luisa comprendió la estrategia de Ricardo. Era muy arriesgada. Consistía en obtener el beneficio de la inmunidad contra el fuego de varios elementales. Uno de ellos tenía que ser asesinado en el salto de Ricardo. De ese modo, podría nadar por el río temporalmente y salir con la gema.
Luisa estuvo nerviosa durante el tiempo que Ricardo buceaba por el río de magma. Probablemente buscaba elementales de fuego para prolongar su tiempo.
Fue un alivio ver que Ricardo salía del río intacto.
- ¿Cómo lo has hecho? - Preguntó Luisa, que había visto solamente la parte teórica de su estrategia.
- He usado tu libro, Luisa.
- ¿Eh?
- Mira la contraportada y abre el libro por el final.
Luisa lo hizo y descubrió un hechizo oculto en su propio libro. Un hechizo de llamas.
- Me cansé del episodio cuatro y vi el final. No te lo contaré, pero gracias a leerme eso, tengo la gema amarilla. Terminaré de leerlo cuando esté tranquilo en El Nexo.
Luisa alucinó. No esperaba para nada que su propio libro salvara a otra persona.
- Si hubiese terminado de leerlo a tiempo... A lo mejor me habría salvado.
- Pero tú disfrutas con los libros. Yo ahora solo soy un guerrero que quiere llegar hasta el final lo antes posible. Tú quieres estudiar lo que sucede a tu alrededor y aprender de ello para ampliar tu conocimiento. Creo que tu camino sería el más acertado si no estuviésemos muertos.
Luisa se quedó callada. Simplemente observó lo que tenía a su alrededor. Un mundo que sería digno de estar en un libro lleno de fantasía y acción. Un río de magma, un libro mágico y un guerrero legendario.
Ricardo llegó tranquilamente hasta la sala desde donde había entrado al río. Antes de entrar, Luisa dijo algo.
- Tú no te has parado a pensar en lo que te va mal. Simplemente ves lo que te puede salir bien, y eso me ha traído muchos recuerdos.
Ricardo simplemente sonrió y apareció, esta vez tranquilamente y sin tropiezos, en el altar del Nexo.
Colocó la gema amarilla en su lugar y, sin nada más que decir, se retiró a las afueras del Nexo, a tomar aire fresco tras haber pasado muchísimo calor en aquel lugar.
- Este hombre es realmente increíble - Dijo Luisa.
- Ya lo sé. Pero se arriesga demasiado - Comentó Paulina - No siempre la suerte estará de su lado, así que más le vale espabilar.
Francisco estaba en lo alto de un árbol y Gabriela se acercó al lado de Ricardo, que estaba tumbado en la hierba.
- Pareces contento.
- Claro. Tengo la satisfacción de que he conocido a cuatro de vosotros. Incluso si muero, cosa que no va a ocurrir, podré estar con vosotros de nuevo algún día que exista un elegido tan bueno como yo.
- Estás muy convencido y te lo tienes muy creído, ¿eh?
- Ni un veneno mortal me puede parar ahora mismo. Estoy súper contento con lo que estoy haciendo. Luchando al máximo por mi vida.
Y Ricardo rió a carcajadas.
- ¿Estás listo? - Preguntó Fran.
- Sí. No creo que pueda llevarme nada más.
- Venga, en la prisión lo hiciste muy bien. Espero que allí ocurra lo mismo.
- Gracias. Allá voy.
- Cuídate, Ricardo - Se despidió Gabriela.
- Que te vaya bien - Dijo Paulina, para no ser descortés.
Ricardo subió al altar y cerró los ojos. Se dirigió hacia la gema amarilla. Cuando los abrió, se encontraba en una sala iluminada con fuego. Aún así, quedaban restos de oscuridad en la habitación. Había un fantasma sentado en el aire bloqueando la salida. Estaba leyendo.
- ¿Perdón?
El fantasma era una mujer joven, de cabellos largos, alisados y castaños. Levantó la vista del libro rojo que sostenía entre sus manos y Ricardo pudo ver sus ojos marrones claros. Sus labios estaban pintados en rojo y llevaba un vestido blanco muy ligero de una sola pieza. Cabe destacar que iba descalza.
- Hola - Dijo ella mientras marcaba la página que leía antes de la interrupción.
- Buenas. ¿Eres el fantasma que tiene que guiarme por aquí?
- Luisa. Encantada.
- Ricardo. Lo mismo digo.
- Sólo te voy a dar un consejo. No necesitas más.
- Estoy escuchando.
- Ten cuidado con el fuego, pero no le temas.
- ¿Es una clase de acertijo?
- Lo sabrás cuando llegue el momento. Significa que no siempre el fuego va a ser un problema.
- Creo que entiendo. Ya veré qué ocurre.
- Pues si estás tan decidido, adelante. Entra en el Río de Azufre.
- ¿Río de Azufre?
- Lo llamaron así porque anteriormente eran minas de azufre. Pero se abrió paso una fuente de magma y ahora se ha formado una especie de río por toda la cueva. Ya nadie trabaja en ella.
- Es bueno saber eso. Gracias.
Ricardo avanzó hasta la salida de la habitación. Al parecer, iba a ser frecuente aparecer en una sala previa al desafío para la preparación que requiriese. El elegido iba armado con su recién adquirida Hachecutadora y el escudo que no tuvo oportunidad de utilizar en la prisión.
Sin embargo, su armadura no era la mejor para lo que le esperaba. El cuero aguantaría poco en aquel lugar.
La temperatura era elevada. Había fuego por todas partes y justo enfrente estaba el río de magma fluyendo lentamente. Había dos caminos posibles: Hacia el nacimiento del río, o hacia su desembocadura.
- Probablemente esté en el nacimiento. Además, la desembocadura será mucho más amplia - Razonó Ricardo.
Luisa simplemente seguía el paso de Ricardo sin siquiera mirarlo. Ella continuaba leyendo su libro. Abstraída de lo que ocurría con el elegido hasta que aparecieron las primeras hostilidades.
- Mira el río. Cuidado - Dijo ella.
Emergían lentamente del río. Tenían la apariencia de un remolino de llamas. Eran elementales de fuego y no parecían muy contentos con la presencia de Ricardo en sus tierras.
Proyectiles de fuego empezaban a ser lanzados hacia él. No eran muy rápidos, pero el impacto de uno podía ser muy peligroso. Evitando las llamas y ascendiendo poco a poco, se dio cuenta de que no había salida. Y la gema tampoco estaba.
Muchísimos elementales de llamas se habían acumulado, y estaban a punto de tener a tiro a Ricardo. Solo quedaba enfrentarse a ellos.
De un salto, bajó un saliente y atacó al primer elemental con su hacha. El remolino de llamas desapareció. Un brillo anaranjado apareció alrededor de la Hachecutadora.
- Eso es lo que te decía - Aclaró Luisa tras ver a Ricardo observar el brillo de su hacha.
Continuó descendiendo lo que había escalado y un proyectil ígneo impactó en Ricardo, pero no tuvo efecto. El brillo del hacha desapareció.
- Así que es eso... Entendido.
Los elementales son muy frágiles. Un simple golpe los debilita. Cuando eso ocurre, el atacante recibe una bendición del elemental que lo protege del fuego temporalmente.
Los elementales se acercaban cada vez más y era más fácil que Ricardo recibiera quemaduras de los proyectiles. La solución fue aguantar todo lo posible para que dichos elementales se alejaran del río de lava para asi derrotarlos uno a uno fácilmente en tierra.
Ricardo blandió la Hachecutadora y cargó contra el primer elemental. Acabó con él fácilmente y corrió hasta alcanzar al segundo, al tercero, al cuarto...
Todos los elementales cayeron uno a uno gracias a la inmunidad temporal de fuego de Ricardo. Eso le permitió tomarse un pequeño descanso de la carrera y prepararse mentalmente para avanzar hasta la desembocadura.
- No te lo había dicho, pero hay una especie de aldea en la desembocadura - Advirtió repentinamente Luisa.
- ¿En serio? ¿Quién viviría en un lugar como este?
- Dije que este lugar fue como una especie de mina, ¿verdad? Pero era inmensa, con lo que decidieron acoger a algunos de sus trabajadores.
- ¿Cómo sobreviven?
- No lo sé. Están locos, eso sí.
- ¿Hablas en serio?
- Son como pirómanos. Tienen todo el fuego que necesitan, con lo que les resulta fácil quemarlo todo.
- Suena peligrosa la desembocadura...
- Más adelante encontrarás estructuras en medio del río que pertenecían a la mina. No son muy estables, así que ten cuidado.
- Lo tendré, no lo dudes - Dijo Ricardo mientras se levantaba.
Luisa volvió a su estado natural. Leyendo el libro rojo mientras flotaba por encima de Ricardo era lo único que hacía. Un tanto extraño. Parecía como si no tuviese interés en que el elegido sobreviviese.
Ricardo comenzó a caminar descendiendo poco a poco el río. Las corrientes se hacían cada vez más amplias, y eso daba una sensación de peligro. Había mucha zona peligrosa y aumentaba por momentos.
Finalmente divisó la aldea. Eran apenas tres casas pequeñas construidas en arcilla. Sin embargo, estaban muy habitadas. Decenas de pirómanos circundaban las casas. Derrotar a todos ellos sería imposible sin una estrategia.
Pero Ricardo siempre tiene una estrategia.
Atraerlos al río era una muy buena idea. Así que el elegido llamó la atención de más de la mitad de los pirómanos y ellos intentaron ir contra Ricardo armados con antorchas encendidas.
Cuando se encontraban a escasos metros, él rechazó con el escudo al primero de ellos y lo tiró al río. Ahora el escudo de Ricardo estaba en llamas de nuevo, con lo que decidió lanzarlo para derribar a algunos pirómanos más.
No era suficiente. Muchos de sus enemigos lanzaron su antorcha hacia Ricardo y casi le prendieron fuego. El elegido se retiró un poco y decidió que era el momento de utilizar todo lo que tenía.
"¡Luia!"
Luisa abrió los ojos sorprendida con lo que acababa de escuchar. Dejó de leer para contemplar a Ricardo rebanando las cabezas de los pirómanos con su Hachecutadora en un abrir y cerrar de ojos. En un minuto, no quedaba ni uno de ellos en toda la aldea. Ricardo salió de su trance y se sentó en el duro y caldeado suelo.
- ¿Sabes hablar enano? - Preguntó Luisa, asombrada por lo que acababa de suceder.
- No.
- Entonces, lo que acabas de decir...
- Es algo que vi en un libro del Pequeño Imperio. Era de los enanos, sí, pero lo comprendí bien.
- Increíble. Invocas a la furia que llevas dentro...
- Algo así supuse. Fue leer el libro y todo a mi alrededor moría cuando volvía en mí.
- Lo que estás diciendo es "Manantial de la Furia" y algo más que tiene que ver con el hechizo para que surta efecto.
- Es interesante saberlo.
Ricardo comenzó a registrar las tres casas de arcilla que constituían la aldea. Ninguna tuvo nada interesante salvo la tercera que registró.
Había un libro rojo en el suelo elevado por un montón de cenizas.
- Un momento. Esto no es...
Luisa seguía ajena a lo que sucedía mientras leía su libro rojo. Un libro rojo idéntico al que estaba allí tirado.
- Luisa. ¿Cómo moriste en este lugar?
El fantasma puso la mirada que revela sus intenciones. Luisa iba a mentir.
- Morí quemada.
- ¿Puedes darme más detalles?
- Los pirómanos me atraparon y me quemaron.
- ¿Nada más?
Luisa se quedó callada. Su expresión no era para nada alegre, pero tampoco estaba molesta con las preguntas de Ricardo. Simplemente algo impedía que ella dijese la verdad.
Algo impedía que todos dijesen la verdad.
Ricardo suspiró, cogió el libro y siguió adelante. Luisa volvió a enfrascarse en su lectura mientras flotaba siguiendo al elegido, quien no se esperaba lo que estaba a punto de suceder.
Vio la gema amarilla. Estaba al otro lado de un puente que cruzaba el río. Ricardo recordó que las estructuras no eran muy estables. Así que se tomó su tiempo para reflexionar. Hojeó el libro rojo para ver su contenido. Era una historia sobre una mujer que, perdida en una jungla, tenía que arreglárselas para sobrevivir e intentar salir. Tenía parte del título carbonizado, con lo que sólo podía verse "El juego d... ... Llamas"
Él se quedó en silencio y tuvo una idea. Agarró la Hachecutadora y corrió a través del puente a grandes zancadas. Ricardo llegó hasta el final, pero el principio del puente se había derrumbado. No había salida pese a que el elegido tuviese la gema amarilla en su poder.
Sudando, Ricardo se sentó y comenzó a leer el libro rojo. Luisa intentaba analizar la situación del hombre, pero no podía sacarle ningún sentido. Observó un poco y miró hacia el río. Habían elementales de fuego acumulándose en la corriente.
- ¿Ya has visto mi plan? - Preguntó Ricardo.
- No lo comprendo.
- Yo acabo de terminar el tercer capítulo de tu libro. Y me gusta esa frase que dice: "Tengo que derrotar al rey de la selva, aunque me de alguna dentellada."
Ricardo no dio tiempo a que Luisa reaccionase. Corriendo, saltó por el puente y cayó en el Río de Azufre.
- No puedo creer que se haya muerto de esta forma... Espera.
Luisa comprendió la estrategia de Ricardo. Era muy arriesgada. Consistía en obtener el beneficio de la inmunidad contra el fuego de varios elementales. Uno de ellos tenía que ser asesinado en el salto de Ricardo. De ese modo, podría nadar por el río temporalmente y salir con la gema.
Luisa estuvo nerviosa durante el tiempo que Ricardo buceaba por el río de magma. Probablemente buscaba elementales de fuego para prolongar su tiempo.
Fue un alivio ver que Ricardo salía del río intacto.
- ¿Cómo lo has hecho? - Preguntó Luisa, que había visto solamente la parte teórica de su estrategia.
- He usado tu libro, Luisa.
- ¿Eh?
- Mira la contraportada y abre el libro por el final.
Luisa lo hizo y descubrió un hechizo oculto en su propio libro. Un hechizo de llamas.
- Me cansé del episodio cuatro y vi el final. No te lo contaré, pero gracias a leerme eso, tengo la gema amarilla. Terminaré de leerlo cuando esté tranquilo en El Nexo.
Luisa alucinó. No esperaba para nada que su propio libro salvara a otra persona.
- Si hubiese terminado de leerlo a tiempo... A lo mejor me habría salvado.
- Pero tú disfrutas con los libros. Yo ahora solo soy un guerrero que quiere llegar hasta el final lo antes posible. Tú quieres estudiar lo que sucede a tu alrededor y aprender de ello para ampliar tu conocimiento. Creo que tu camino sería el más acertado si no estuviésemos muertos.
Luisa se quedó callada. Simplemente observó lo que tenía a su alrededor. Un mundo que sería digno de estar en un libro lleno de fantasía y acción. Un río de magma, un libro mágico y un guerrero legendario.
Ricardo llegó tranquilamente hasta la sala desde donde había entrado al río. Antes de entrar, Luisa dijo algo.
- Tú no te has parado a pensar en lo que te va mal. Simplemente ves lo que te puede salir bien, y eso me ha traído muchos recuerdos.
Ricardo simplemente sonrió y apareció, esta vez tranquilamente y sin tropiezos, en el altar del Nexo.
Colocó la gema amarilla en su lugar y, sin nada más que decir, se retiró a las afueras del Nexo, a tomar aire fresco tras haber pasado muchísimo calor en aquel lugar.
- Este hombre es realmente increíble - Dijo Luisa.
- Ya lo sé. Pero se arriesga demasiado - Comentó Paulina - No siempre la suerte estará de su lado, así que más le vale espabilar.
Francisco estaba en lo alto de un árbol y Gabriela se acercó al lado de Ricardo, que estaba tumbado en la hierba.
- Pareces contento.
- Claro. Tengo la satisfacción de que he conocido a cuatro de vosotros. Incluso si muero, cosa que no va a ocurrir, podré estar con vosotros de nuevo algún día que exista un elegido tan bueno como yo.
- Estás muy convencido y te lo tienes muy creído, ¿eh?
- Ni un veneno mortal me puede parar ahora mismo. Estoy súper contento con lo que estoy haciendo. Luchando al máximo por mi vida.
Y Ricardo rió a carcajadas.
domingo, 6 de septiembre de 2015
Desafío de Vida #7: El Corredor de la Muerte (Tributo a heliceo)
(heliceo es el mapmaker que hizo Ragecraft 2, un mapa Complete the Monument del videojuego Minecraft. Basándome en la decoración de dicho mapa, he elaborado esta historia. El crédito debe ser mencionado, por supuesto.)
Ricardo ya se encontraba listo para afrontar el siguiente desafío. Paulina seguía triste y no quería encontrarse con él. Ella se había apoderado de una sala libre y había pedido que no la molestasen.
Gabriela se quedaba de vez en cuando en la puerta, mirando desde lejos a Pauly. Era bastante difícil reanimar a Pau. Ella siempre había sido una chica fuerte, pero se había desmoronado.
- ¡Gabriela, estoy listo para ir a por la gema azul clara!
Eso dijo Ricardo. La sacerdotisa lo acompañó hasta la sala de los altares. Ricardo, armado como la otra vez pero con un escudo más resistente, subió al altar y cerró los ojos. Ricardo desapareció de la sala, pero su escudo, espada y ropa se quedaron en el altar.
- ¿Qué será ese lugar? ¡Lo han dejado indefenso! - Pensaba Gabriela mientras volvía a vigilar a Paulina.
No era un lugar agradable a la vista. Ricardo se dio cuenta de que estaba en una celda, encerrado, desarmado y desprotegido. Llevaba puesta la ropa de los prisioneros de allí: Un uniforme de rayas blancas y negras.
La celda contenía dos camas, con lo que dedujo que tenía un compañero de celda. Sí que lo tenía. Era muy especial.
- ¿Tú has sido el siguiente?
- ¿El siguiente? ¿Dónde estamos?
- En el corredor de la muerte, compañero.
- Y supongo que me ayudarás a salir, ¿no? No me gustaría morir de esta forma.
- Yo te voy a ayudar, pero ya sabes que si te atrapan es cosa tuya. Yo soy un fantasma.
- Eso he notado. Ricardo, encantado.
- Francisco. Llámame Fran. O Frank. O como te salga de los huevos pero tienes que salir rápido de aquí.
Francisco era el que murió en esta zona antes de la llegada de Ricardo. Era un hombre con cabello corto y negro. Llevaba gafas de sol que ocultaban sus ojos y perilla crecida a la vez que descuidada. Vestía el uniforme de preso, pero llevaba además una chaqueta gris abierta.
- Dime cómo.
- Si no tienes nada para defenderte va a estar complicado. Mira, la puerta de tu celda está abierta y ellos aún no lo saben. Aprovecha eso y desarma a un guardia. Por lo menos tendrás algo.
- ¡Pero se me echará el resto a por mí!
- Tendrás que correr ese riesgo.
Ricardo estaba atrapado. ¿Era esa la única opción? Parecía que sí. Con una patada abrió la puerta de la celda de golpe e inmovilizó al guardia sin darle tiempo a reaccionar. Arrebatándole la porra, lo dejó inconsciente asestándole un par de porrazos.
Alertó a algunos guardias más. Ricardo pensó que si liberaba a algunos presos estos podrían ayudarlo. Eso hizo utilizando las llaves del guardia inconsciente. Abrió dos celdas dobles antes de que un par de guardias se acercasen.
Cinco contra dos. Una clara ventaja para el equipo de Ricardo, que acabó vencedor de esa trifulca. Entonces el elegido tuvo una idea.
- Tomad las llaves. Abrid las celdas. ¡No podrán con todos vosotros!
- Eres un grande, tío. ¿Qué haces?
- Yo no tengo que escapar. Me llevo el uniforme de este para intentar robarles algo - Contestó Ricardo apurado.
- Qué huevos tienes. Suerte, a ver si nos distraes unos guardias por el camino.
Los pasillos eran extremadamente largos y llenos de celdas a ambos lados. Ricardo se puso el uniforme del guardia y corrió hacia el lado contrario a los presos.
Más y más reclusos estaban escapando. Un motín estaba teniendo lugar. Los guardias tenían sus preparativos a punto para combatirlos. Ricardo pasó corriendo entre ellos, como si fuese uno más. Ninguno se percató de su presencia.
Avanzando, encontró las celdas de los presos más peligrosos condenados a muerte. Pocos guardias se atreven a cruzar por esa zona. Conocen bien por qué esas personas están allí. En cuanto Ricardo pasó por aquel lugar...
- Mira, este tío sí que tiene cojones para venir aquí.
Eso dijo uno de los presos, Carlo. Un hombre condenado a pena de muerte por practicar canibalismo con personas vivas. Sus víctimas ascienden a cuarenta y seis.
Al otro lado, Hans "el Granjero". Conocido por asesinar a sus víctimas con utensilios de granja como hoces, azadas y cosechadoras. Sus víctimas fueron alrededor de ciento setenta personas.
Ricardo no conocía ninguno de estos datos sobre los presos peligrosos. Simplemente se abrió paso ignorándolos, pues estaban encerrados, y llegó a un pasillo ancho y corto. Había unas escaleras de subida, una puerta al final a la izquierda y una habitación a la derecha.
"Sala de tortura"
Un nombre que da escalofríos solo con verlo. Ricardo se apresuró en subir las escaleras. Esta vez los guardias no lo dejaron ir con tranquilidad.
- Oye, tú, ¿Qué haces yendo hacia allí?
- Me han encargado vigilar la puerta de las duchas y llego tarde. Soy nuevo aquí.
- Si están ahí abajo. ¿Pero no te han dicho que hay un motín?
- Llevo un buen rato perdido por los pasillos...
- Anda, haz algo útil en vez de eso. Ve al fondo de ese pasillo y a la izquierda. Dile al que esté en la puerta al final de ese pasillo que nos traiga las barras eléctricas.
- ¿No tenéis armas de fuego?
- No nos queda munición. Un suicida pudo hacerse con ella en el último motín y la tiró al mar toda de golpe. ¡Corre, que no nos queda tiempo!
Ricardo obedeció la orden del guardia. Habló con quien le pidieron y lo dejaron solo en la puerta del almacén. Obviamente, entró para buscar algo útil.
- Con una barra eléctrica puedes inutilizar a cualquiera. - Aconsejaba Francisco - ¡Busca una!
Ricardo no tuvo tiempo suficiente. Lo pillaron en el almacén y le preguntaron por qué la puerta estaba abierta y sin vigilancia. Intentando escapar, lo atrapó un segundo agente que había a su espalda. Perdió el conocimiento tras escuchar un golpe seco de procedencia desconocida.
- ¡Ricardo, despierta ya, que estás muy jodido ahora mismo!
Fran intentaba despertarlo. Al fin lo hacía, pero no en un lugar muy bueno.
- Al fin despierta el guardia corrupto - Dijo el que se encontraba en la sala con Ricardo y Francisco.
Sentado en una silla. Pies y manos inmovilizados. Alrededor, máquinas de tortura física como extensores violentos de extremidades. Ricardo estaba en la sala de tortura.
- ¿Qué estabas haciendo en el almacén?
- Buscaba más barras eléctricas para combatir el motín.
- Si ya las había preparado el otro guardia. No quedaban. Tú no debías estar ahí dentro.
- Lo siento. Es que soy nuevo en...
- Mientes, compañero. Tú eres un preso. Y vas a ser torturado hasta morir. Como tu destino lo había dicho desde que llegaste a esta prisión. ¡Sufre!
El guardia intentó utilizar un botón que producía descargas eléctricas a la silla. No funcionaba.
- Tienes mucha suerte. ¡Ahora vuelvo!
Ricardo tenía que salir de ese lugar antes de que ese guardia volviese. No le habían quitado la ropa de guardia, así que no lo reconocerían. El motín había terminado con poco éxito por parte de los presos. Los guardias volvían a estar distribuidos.
- ¿Sabes cómo salir de ahí? - Preguntó Francisco.
- No se me ocurre nada...
- Si no puedes romper tus ataduras por la fuerza...
- Espera. A lo mejor sí que puedo.
Ricardo pensó en una estrategia. Intentó visualizar lo que había visto en el libro del Pequeño Imperio.
- En ese libro ponía algo como... Lu...I...A? Luia?
Ricardo salió de sí mismo. El libro contenía un hechizo para volverse rabioso. En este caso, esas eran las palabras y Ricardo comenzó a moverse intentando romper las ataduras de hierro por la fuerza.
El caso es que lo consiguió justo cuando el guardia volvió con una barra eléctrica.
Sin tiempo de reacción para usarla, Ricardo se abalanzó sobre él y le pegó tal paliza que el guardia quedó muerto en el sitio con la cara desfigurada.
Barra eléctrica en mano y volviendo en sí, entró en la puerta de enfrente. Las duchas.
En ese momento estaban vacías. No había nadie y no había una salida en aquella habitación. Un callejón sin salida.
- Tengo que llegar arriba como sea. Aquí abajo no hay nada.
- Arriba es donde más guardias hay. La zona de la horca está arriba del todo - Recordó Francisco.
- Seguro que tengo que ir allí. Gracias.
- Pero... Bueno. Tú te las arreglarás para sobrevivir.
Ricardo salió corriendo de los baños y siguió corriendo tras subir las escaleras.
El elegido estaba corriendo en el corredor de la muerte.
Pasillos interminables y escaleras al final de los mismos. Guardias comenzaron a perseguirlo por los pasillos, pero Ricardo era mucho más rápido que ellos. Corría incansablemente hasta que alcanzó las últimas escaleras. Unas escaleras de mano que daban a la zona de ejecución. Para subirlas cómodamente, Ricardo se deshizo de su barra eléctrica.
Afortunadamente, dicha zona tenía sus puertas abiertas, pero no iba a ser tan sencillo. Ricardo se estremeció al llegar a la plataforma de ejecución. Estaba en lo alto de la sala. Había que subir alrededor de cien escalones para llegar a lo más alto.
Además, toda la zona estaba vigilada por guardias y verdugos.
- ¡Detened a ese guardia que corre! ¡Es un fugado! - Gritaron los que llevaban persiguiendo a Ricardo desde los pasillos.
El elegido corría y subía escaleras a toda velocidad. A pesar de los gritos y el ruido, él pudo escuchar un sonido a través de las paredes. Ya a la mitad del camino, se chocó con un verdugo. Por el golpe, el hacha quedó en un escalón y el enemigo cayó desde gran altura hasta el piso de abajo. No sobrevivió.
- ¡Eso es peligroso! ¡Más te vale no caerte! - Advirtió Francisco.
Ricardo continuó corriendo hacia lo alto. Esta vez, con un hacha de verdugo en sus manos recogida del anterior. Dos guardias se interpusieron en su camino y fueron derribados por Ricardo antes de que él llegase a la cima.
El cansancio pasaba factura, pero allí estaba él. Dos horcas y una plataforma de ejecución. En lo alto de un laberinto de escaleras ascendentes y muy peligrosas. Los guardias comenzaban a darle alcance y ya no tenía escapatoria.
- ¿Por qué la gema no está aquí? - Se preguntaba desesperado Ricardo.
- ¡No lo sé!
Las escaleras de bajada estaban bloqueadas por guardias. Ricardo tuvo tiempo de sobra para ejecutar su plan que acababa de trazar.
- Espero que esto funcione...
Cortó los soportes de las horcas con su hacha antes de ser acorralado contra la pared. Debido al abundante movimiento, dichos soportes cayeron y golpearon fuertemente la pared. El sonido que escuchó Ricardo se volvió más fuerte.
La pared cedió. Era una prisión submarina, pero los muros se empezaron a desmoronar debido a las entradas de agua. Ahora era imposible alcanzar a Ricardo, pero el elegido continuaba en la misma posición.
Arriesgándose, entró en la corriente de agua y bajó varios pisos evitando a los guardias, que no se dieron cuenta de su inmersión. Cayó en una caja a rebosar de agua que contenía un hacha de verdugo.
Pero ese arma era, de algún modo, especial.
La recogió y dejó tirada la anterior. En cuanto la recogió, notó una sensación extraña. Empapado, nadó hasta una caja enorme que flotaba. Era la gema azul clara. Estaba contenida en una protección de cristal.
- ¡Qué suerte tienes! ¡Venga, ahora sal de aquí, que ya te han visto y se están lanzando al agua! - Exclamó Francisco.
En efecto, los guardias estaban comenzando a caer. Las barras eléctricas eran su problema. Una vez entraran en contacto con el agua, quedarían inútiles o provocarían una catástrofe eléctrica.
Ricardo buceó y encontró la puerta por donde vino en menos de un minuto. Ya no era necesario aguantar la respiración y, con la gema azul clara en una mano y el hacha en la otra, comenzó a correr en cuanto la altura del agua en los pasillos se lo permitió.
Cada guardia que veía, era asesinado por el hacha instantáneamente. Además de que Ricardo corría más rápido de lo normal. Recorrió la prisión a toda velocidad matando a todo aquel que se interpusiera en su camino con un simple movimiento de brazo. El cansancio parecía inexistente.
En ese momento, Ricardo era el corredor de la muerte.
Corriendo sin parar un segundo, pasó al lado de su celda y tropezó sin razón. Ricardo cayó al suelo y, cuando abrió los ojos, se encontraba al lado del altar azul claro. Hacha en mano derecha, gema en mano izquierda y armadura tirada por el suelo. Gabriela apareció para ver qué había ocurrido.
Ver a Ricardo haber estampado su cara contra el suelo no era algo común. Gabriela entró a la sala de los altares y pegó un grito. Eso alertó a Paulina, que ya se encontraba mejor y fue a comprobar qué pasaba con Gabriela.
- ¿Qué pasa? - Preguntó Paulina
- Míralo cómo está.
Paulina entró en la sala de los altares y vio que Ricardo no llevaba ropa. Como su vestimenta era la de preso, si no la llevaba puesta, simplemente desaparecería una vez abandonara la prisión.
- ¿Pero tú ves esto normal? Llega aquí una tras deprimirse y lo primero que ve es a un tío en bolas - Se quejaba Paulina.
Ricardo cogió rápidamente el escudo y se tapó como pudo temporalmente. Después lo dejaron vestirse tranquilamente, pero la escena fue bastante graciosa.
- Bueno. Ya tengo la gema azul clara. Vamos a llamar a Francisco.
Colocó la gema en su lugar y no tardó la figura de Fran en aparecer translúcida y flotante en la sala.
- Este hombre es una máquina de matar. Si hubiérais visto lo que hizo con ese hacha...
- Es que noté que no era una cualquiera. La voy a llamar... Hachecutadora. Parecía que mi cuerpo quería atacar a los guardias aunque yo sólo quisiera correr.
En esta prueba tienes que utilizar lo que tu intuición te diga que debes utilizar. Si Ricardo no hubiese leído el libro del Pequeño Imperio o cogido la Hachecutadora, sería muy probable que estuviese muerto.
El elegido está teniendo fortuna acompañando a sus estrategias. Era muy poco probable que el muro se derribase, pero lo hizo. Eso fue lo que le salvó la vida una vez más.
- Una cosa, Fran.
- Dime.
- ¿Cómo moriste aquí?
- Fui colgado de la horca.
La misma mirada. En los tres fantasmas siempre había algo extraño a la hora de decir la forma en que murieron. Paulina confirmó que era duro para ella, así que Ricardo decidió no indagar más en la muerte de Francisco.
No se dio cuenta, pero había una cabeza en una esquina de la celda de Carlo, el caníbal. Era la cabeza de Francisco.
- Esto ha sacado más de mi fuerza física. Estoy exhausto - Pensaba Ricardo desde su cama - Espero que los siguientes desafíos no sean tan duros como este. De momento, voy a intentar levantarme.
En su camino a la cocina, pudo ver que Gabriela, Paulina y Francisco estaban fuera, mirando el río y conversando.
- Míralos. Ellos ahí afuera sin sentir el frío y yo a los hornos a pasar calor...
Y Ricardo sonrió.
Ricardo ya se encontraba listo para afrontar el siguiente desafío. Paulina seguía triste y no quería encontrarse con él. Ella se había apoderado de una sala libre y había pedido que no la molestasen.
Gabriela se quedaba de vez en cuando en la puerta, mirando desde lejos a Pauly. Era bastante difícil reanimar a Pau. Ella siempre había sido una chica fuerte, pero se había desmoronado.
- ¡Gabriela, estoy listo para ir a por la gema azul clara!
Eso dijo Ricardo. La sacerdotisa lo acompañó hasta la sala de los altares. Ricardo, armado como la otra vez pero con un escudo más resistente, subió al altar y cerró los ojos. Ricardo desapareció de la sala, pero su escudo, espada y ropa se quedaron en el altar.
- ¿Qué será ese lugar? ¡Lo han dejado indefenso! - Pensaba Gabriela mientras volvía a vigilar a Paulina.
No era un lugar agradable a la vista. Ricardo se dio cuenta de que estaba en una celda, encerrado, desarmado y desprotegido. Llevaba puesta la ropa de los prisioneros de allí: Un uniforme de rayas blancas y negras.
La celda contenía dos camas, con lo que dedujo que tenía un compañero de celda. Sí que lo tenía. Era muy especial.
- ¿Tú has sido el siguiente?
- ¿El siguiente? ¿Dónde estamos?
- En el corredor de la muerte, compañero.
- Y supongo que me ayudarás a salir, ¿no? No me gustaría morir de esta forma.
- Yo te voy a ayudar, pero ya sabes que si te atrapan es cosa tuya. Yo soy un fantasma.
- Eso he notado. Ricardo, encantado.
- Francisco. Llámame Fran. O Frank. O como te salga de los huevos pero tienes que salir rápido de aquí.
Francisco era el que murió en esta zona antes de la llegada de Ricardo. Era un hombre con cabello corto y negro. Llevaba gafas de sol que ocultaban sus ojos y perilla crecida a la vez que descuidada. Vestía el uniforme de preso, pero llevaba además una chaqueta gris abierta.
- Dime cómo.
- Si no tienes nada para defenderte va a estar complicado. Mira, la puerta de tu celda está abierta y ellos aún no lo saben. Aprovecha eso y desarma a un guardia. Por lo menos tendrás algo.
- ¡Pero se me echará el resto a por mí!
- Tendrás que correr ese riesgo.
Ricardo estaba atrapado. ¿Era esa la única opción? Parecía que sí. Con una patada abrió la puerta de la celda de golpe e inmovilizó al guardia sin darle tiempo a reaccionar. Arrebatándole la porra, lo dejó inconsciente asestándole un par de porrazos.
Alertó a algunos guardias más. Ricardo pensó que si liberaba a algunos presos estos podrían ayudarlo. Eso hizo utilizando las llaves del guardia inconsciente. Abrió dos celdas dobles antes de que un par de guardias se acercasen.
Cinco contra dos. Una clara ventaja para el equipo de Ricardo, que acabó vencedor de esa trifulca. Entonces el elegido tuvo una idea.
- Tomad las llaves. Abrid las celdas. ¡No podrán con todos vosotros!
- Eres un grande, tío. ¿Qué haces?
- Yo no tengo que escapar. Me llevo el uniforme de este para intentar robarles algo - Contestó Ricardo apurado.
- Qué huevos tienes. Suerte, a ver si nos distraes unos guardias por el camino.
Los pasillos eran extremadamente largos y llenos de celdas a ambos lados. Ricardo se puso el uniforme del guardia y corrió hacia el lado contrario a los presos.
Más y más reclusos estaban escapando. Un motín estaba teniendo lugar. Los guardias tenían sus preparativos a punto para combatirlos. Ricardo pasó corriendo entre ellos, como si fuese uno más. Ninguno se percató de su presencia.
Avanzando, encontró las celdas de los presos más peligrosos condenados a muerte. Pocos guardias se atreven a cruzar por esa zona. Conocen bien por qué esas personas están allí. En cuanto Ricardo pasó por aquel lugar...
- Mira, este tío sí que tiene cojones para venir aquí.
Eso dijo uno de los presos, Carlo. Un hombre condenado a pena de muerte por practicar canibalismo con personas vivas. Sus víctimas ascienden a cuarenta y seis.
Al otro lado, Hans "el Granjero". Conocido por asesinar a sus víctimas con utensilios de granja como hoces, azadas y cosechadoras. Sus víctimas fueron alrededor de ciento setenta personas.
Ricardo no conocía ninguno de estos datos sobre los presos peligrosos. Simplemente se abrió paso ignorándolos, pues estaban encerrados, y llegó a un pasillo ancho y corto. Había unas escaleras de subida, una puerta al final a la izquierda y una habitación a la derecha.
"Sala de tortura"
Un nombre que da escalofríos solo con verlo. Ricardo se apresuró en subir las escaleras. Esta vez los guardias no lo dejaron ir con tranquilidad.
- Oye, tú, ¿Qué haces yendo hacia allí?
- Me han encargado vigilar la puerta de las duchas y llego tarde. Soy nuevo aquí.
- Si están ahí abajo. ¿Pero no te han dicho que hay un motín?
- Llevo un buen rato perdido por los pasillos...
- Anda, haz algo útil en vez de eso. Ve al fondo de ese pasillo y a la izquierda. Dile al que esté en la puerta al final de ese pasillo que nos traiga las barras eléctricas.
- ¿No tenéis armas de fuego?
- No nos queda munición. Un suicida pudo hacerse con ella en el último motín y la tiró al mar toda de golpe. ¡Corre, que no nos queda tiempo!
Ricardo obedeció la orden del guardia. Habló con quien le pidieron y lo dejaron solo en la puerta del almacén. Obviamente, entró para buscar algo útil.
- Con una barra eléctrica puedes inutilizar a cualquiera. - Aconsejaba Francisco - ¡Busca una!
Ricardo no tuvo tiempo suficiente. Lo pillaron en el almacén y le preguntaron por qué la puerta estaba abierta y sin vigilancia. Intentando escapar, lo atrapó un segundo agente que había a su espalda. Perdió el conocimiento tras escuchar un golpe seco de procedencia desconocida.
- ¡Ricardo, despierta ya, que estás muy jodido ahora mismo!
Fran intentaba despertarlo. Al fin lo hacía, pero no en un lugar muy bueno.
- Al fin despierta el guardia corrupto - Dijo el que se encontraba en la sala con Ricardo y Francisco.
Sentado en una silla. Pies y manos inmovilizados. Alrededor, máquinas de tortura física como extensores violentos de extremidades. Ricardo estaba en la sala de tortura.
- ¿Qué estabas haciendo en el almacén?
- Buscaba más barras eléctricas para combatir el motín.
- Si ya las había preparado el otro guardia. No quedaban. Tú no debías estar ahí dentro.
- Lo siento. Es que soy nuevo en...
- Mientes, compañero. Tú eres un preso. Y vas a ser torturado hasta morir. Como tu destino lo había dicho desde que llegaste a esta prisión. ¡Sufre!
El guardia intentó utilizar un botón que producía descargas eléctricas a la silla. No funcionaba.
- Tienes mucha suerte. ¡Ahora vuelvo!
Ricardo tenía que salir de ese lugar antes de que ese guardia volviese. No le habían quitado la ropa de guardia, así que no lo reconocerían. El motín había terminado con poco éxito por parte de los presos. Los guardias volvían a estar distribuidos.
- ¿Sabes cómo salir de ahí? - Preguntó Francisco.
- No se me ocurre nada...
- Si no puedes romper tus ataduras por la fuerza...
- Espera. A lo mejor sí que puedo.
Ricardo pensó en una estrategia. Intentó visualizar lo que había visto en el libro del Pequeño Imperio.
- En ese libro ponía algo como... Lu...I...A? Luia?
Ricardo salió de sí mismo. El libro contenía un hechizo para volverse rabioso. En este caso, esas eran las palabras y Ricardo comenzó a moverse intentando romper las ataduras de hierro por la fuerza.
El caso es que lo consiguió justo cuando el guardia volvió con una barra eléctrica.
Sin tiempo de reacción para usarla, Ricardo se abalanzó sobre él y le pegó tal paliza que el guardia quedó muerto en el sitio con la cara desfigurada.
Barra eléctrica en mano y volviendo en sí, entró en la puerta de enfrente. Las duchas.
En ese momento estaban vacías. No había nadie y no había una salida en aquella habitación. Un callejón sin salida.
- Tengo que llegar arriba como sea. Aquí abajo no hay nada.
- Arriba es donde más guardias hay. La zona de la horca está arriba del todo - Recordó Francisco.
- Seguro que tengo que ir allí. Gracias.
- Pero... Bueno. Tú te las arreglarás para sobrevivir.
Ricardo salió corriendo de los baños y siguió corriendo tras subir las escaleras.
El elegido estaba corriendo en el corredor de la muerte.
Pasillos interminables y escaleras al final de los mismos. Guardias comenzaron a perseguirlo por los pasillos, pero Ricardo era mucho más rápido que ellos. Corría incansablemente hasta que alcanzó las últimas escaleras. Unas escaleras de mano que daban a la zona de ejecución. Para subirlas cómodamente, Ricardo se deshizo de su barra eléctrica.
Afortunadamente, dicha zona tenía sus puertas abiertas, pero no iba a ser tan sencillo. Ricardo se estremeció al llegar a la plataforma de ejecución. Estaba en lo alto de la sala. Había que subir alrededor de cien escalones para llegar a lo más alto.
Además, toda la zona estaba vigilada por guardias y verdugos.
- ¡Detened a ese guardia que corre! ¡Es un fugado! - Gritaron los que llevaban persiguiendo a Ricardo desde los pasillos.
El elegido corría y subía escaleras a toda velocidad. A pesar de los gritos y el ruido, él pudo escuchar un sonido a través de las paredes. Ya a la mitad del camino, se chocó con un verdugo. Por el golpe, el hacha quedó en un escalón y el enemigo cayó desde gran altura hasta el piso de abajo. No sobrevivió.
- ¡Eso es peligroso! ¡Más te vale no caerte! - Advirtió Francisco.
Ricardo continuó corriendo hacia lo alto. Esta vez, con un hacha de verdugo en sus manos recogida del anterior. Dos guardias se interpusieron en su camino y fueron derribados por Ricardo antes de que él llegase a la cima.
El cansancio pasaba factura, pero allí estaba él. Dos horcas y una plataforma de ejecución. En lo alto de un laberinto de escaleras ascendentes y muy peligrosas. Los guardias comenzaban a darle alcance y ya no tenía escapatoria.
- ¿Por qué la gema no está aquí? - Se preguntaba desesperado Ricardo.
- ¡No lo sé!
Las escaleras de bajada estaban bloqueadas por guardias. Ricardo tuvo tiempo de sobra para ejecutar su plan que acababa de trazar.
- Espero que esto funcione...
Cortó los soportes de las horcas con su hacha antes de ser acorralado contra la pared. Debido al abundante movimiento, dichos soportes cayeron y golpearon fuertemente la pared. El sonido que escuchó Ricardo se volvió más fuerte.
La pared cedió. Era una prisión submarina, pero los muros se empezaron a desmoronar debido a las entradas de agua. Ahora era imposible alcanzar a Ricardo, pero el elegido continuaba en la misma posición.
Arriesgándose, entró en la corriente de agua y bajó varios pisos evitando a los guardias, que no se dieron cuenta de su inmersión. Cayó en una caja a rebosar de agua que contenía un hacha de verdugo.
Pero ese arma era, de algún modo, especial.
La recogió y dejó tirada la anterior. En cuanto la recogió, notó una sensación extraña. Empapado, nadó hasta una caja enorme que flotaba. Era la gema azul clara. Estaba contenida en una protección de cristal.
- ¡Qué suerte tienes! ¡Venga, ahora sal de aquí, que ya te han visto y se están lanzando al agua! - Exclamó Francisco.
En efecto, los guardias estaban comenzando a caer. Las barras eléctricas eran su problema. Una vez entraran en contacto con el agua, quedarían inútiles o provocarían una catástrofe eléctrica.
Ricardo buceó y encontró la puerta por donde vino en menos de un minuto. Ya no era necesario aguantar la respiración y, con la gema azul clara en una mano y el hacha en la otra, comenzó a correr en cuanto la altura del agua en los pasillos se lo permitió.
Cada guardia que veía, era asesinado por el hacha instantáneamente. Además de que Ricardo corría más rápido de lo normal. Recorrió la prisión a toda velocidad matando a todo aquel que se interpusiera en su camino con un simple movimiento de brazo. El cansancio parecía inexistente.
En ese momento, Ricardo era el corredor de la muerte.
Corriendo sin parar un segundo, pasó al lado de su celda y tropezó sin razón. Ricardo cayó al suelo y, cuando abrió los ojos, se encontraba al lado del altar azul claro. Hacha en mano derecha, gema en mano izquierda y armadura tirada por el suelo. Gabriela apareció para ver qué había ocurrido.
Ver a Ricardo haber estampado su cara contra el suelo no era algo común. Gabriela entró a la sala de los altares y pegó un grito. Eso alertó a Paulina, que ya se encontraba mejor y fue a comprobar qué pasaba con Gabriela.
- ¿Qué pasa? - Preguntó Paulina
- Míralo cómo está.
Paulina entró en la sala de los altares y vio que Ricardo no llevaba ropa. Como su vestimenta era la de preso, si no la llevaba puesta, simplemente desaparecería una vez abandonara la prisión.
- ¿Pero tú ves esto normal? Llega aquí una tras deprimirse y lo primero que ve es a un tío en bolas - Se quejaba Paulina.
Ricardo cogió rápidamente el escudo y se tapó como pudo temporalmente. Después lo dejaron vestirse tranquilamente, pero la escena fue bastante graciosa.
- Bueno. Ya tengo la gema azul clara. Vamos a llamar a Francisco.
Colocó la gema en su lugar y no tardó la figura de Fran en aparecer translúcida y flotante en la sala.
- Este hombre es una máquina de matar. Si hubiérais visto lo que hizo con ese hacha...
- Es que noté que no era una cualquiera. La voy a llamar... Hachecutadora. Parecía que mi cuerpo quería atacar a los guardias aunque yo sólo quisiera correr.
En esta prueba tienes que utilizar lo que tu intuición te diga que debes utilizar. Si Ricardo no hubiese leído el libro del Pequeño Imperio o cogido la Hachecutadora, sería muy probable que estuviese muerto.
El elegido está teniendo fortuna acompañando a sus estrategias. Era muy poco probable que el muro se derribase, pero lo hizo. Eso fue lo que le salvó la vida una vez más.
- Una cosa, Fran.
- Dime.
- ¿Cómo moriste aquí?
- Fui colgado de la horca.
La misma mirada. En los tres fantasmas siempre había algo extraño a la hora de decir la forma en que murieron. Paulina confirmó que era duro para ella, así que Ricardo decidió no indagar más en la muerte de Francisco.
No se dio cuenta, pero había una cabeza en una esquina de la celda de Carlo, el caníbal. Era la cabeza de Francisco.
- Esto ha sacado más de mi fuerza física. Estoy exhausto - Pensaba Ricardo desde su cama - Espero que los siguientes desafíos no sean tan duros como este. De momento, voy a intentar levantarme.
En su camino a la cocina, pudo ver que Gabriela, Paulina y Francisco estaban fuera, mirando el río y conversando.
- Míralos. Ellos ahí afuera sin sentir el frío y yo a los hornos a pasar calor...
Y Ricardo sonrió.
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